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Kamakura

Como el pronóstico del tiempo para hoy indicaba mayor probabilidad de lluvia para la tarde, hemos decidido madrugar más y bajar a desayunar a primera hora, nada más abrir el desayuno. Aquí nos hemos topado con uno de los inconvenientes de estar en un hotel tan grande: la cola para entrar a desayunar casi se salía del hotel.

Viendo el panorama, hemos decidido no perder el tiempo que tratábamos de ganar madrugando, así que nos hemos subido al autobús gratuito del hotel que nos ha llevado, como de costumbre, a la estación de Shinagawa.

Nuestra intención era desayunar en la estación, pero nos hemos encontrado las cafeterías cerradas (abren más tarde) o, las que estaban abiertas, totalmente repletas de gente. Así que hemos postergado aún más el desayuno y nos hemos cogido un tren hasta Kita-Kamakura, donde está el primer templo que queríamos visitar hoy.

Al llegar nos hemos encontrado la cafetería de la estación también cerrada. No parece que madruguen mucho por aquí. Al final hemos acabado comprando unos cafés preparados, unos zumos y unos bollos en un supermercado y hemos desayunado en los bancos de una parada de autobús que hay junto a la estación.

Engaku-ji

Sanmon (puerta principal) de Engaku-ji

Sanmon (puerta principal) de Engaku-ji

El templo Engaku-ji está muy cerca de la estación de Kita-Kamakura. De hecho, la entrada al recinto está junto a las vías del tren.

El templo se construyó en 1282 para honrar la memoria de los soldados japoneses y mongoles fallecidos durante la invasión de Japón por parte de los mongoles. El edificio principal, llamado Butsuden, alberga una estatua de madera de Shaka Nyorai (el Buda histórico, Siddhartha). El edificio tuvo que ser reconstruido en 1964, porque el anterior quedó destruido por un terremoto.

Otro de los edificios, el Shariden, guarda en su interior, según dicen, un diente de Buda. Es el edificio más antiguo del templo y es considerado tesoro nacional, al igual que la gran campana (ogane), a la que se llega tras subir un buen puñado de escaleras. El Shariden, sin embargo, está en una de las zonas a las que no dejan entrar (que, por cierto, hay unas cuantas).

El templo está construido en una colina y los edificios están, en su mayor parte, en línea recta. El entorno es precioso, lleno de árboles y vegetación, además de algún que otro estanque.

Shaka Nyorai

Shaka Nyorai

Ogane

Ogane

Entorno de Engaku-ji

Entorno de Engaku-ji

Hōkoku-ji

Tras la visita del templo nos hemos vuelto a la estación y hemos cogido un tren hasta Kamakura. Lo primero que hemos hecho allí ha sido pasar por la oficina de turismo, en la propia estación, para comprar un abono de un día para el autobús y el tren (llamado Kamakura Free Kankyo Tegata). También nos han dado un mapa de la zona que estaba, sorprendentemente, en castellano.

En la parada número 5 de la estación hemos cogido un autobús hasta Jomyoji. No sabemos si son todos así, pero el panel del autobús que hemos tomado sólo mostraba los nombres de las paradas en japonés, y sólo en kanji. Así que nos ha tocado jugar a buscar las diferencias con la versión escrita del nombre de la parada en japonés que teníamos en la hoja que nos han dado junto con el abono diario. Además, íbamos contando los giros del autobús y las ubicaciones de los Family Mart que venían en el mapa. Se supone que también van anunciando las paradas por megafonía, pero el volumen estaba muy bajo y apenas era audible. Aún así hemos acertado con la parada, que nos ha dejado muy cerca de la entrada al templo.

Jardín de piedras

Jardín de piedras

El templo Hōkoku-ji fue mandado construir por Ietoki Ashikaga en 1334. También se conoce como Take-dera (“templo de bambú”), debido al bosque de bambú que se encuentra detrás, el auténtico atractivo de la visita.

El bosque no es demasiado grande (al menos, la parte que se puede recorrer), pero los altísimos y estilizados troncos de bambú son realmente impresionantes. Merece la pena venir a verlo. Se respira paz y tranquilidad.

El acceso al templo es gratuito, pero para entrar al jardín de bambú hay que pagar. Tienes dos tipos de entrada: una sólo para ver el jardín y otra, algo más cara, que incluye también un té que te puedes tomar contemplando el bambú, en un pequeño edificio que hay en el interior.

Jardín de bambú

Jardín de bambú

El resto del complejo incluye varios edificios y algún que otro jardín de piedras, todo ello rodeado de árboles y vegetación.

Antes de entrar al bosque de bambú hemos dejado el libro de sellos para que nos pusieran el de este templo. En algunos templos hacen esto para que no tengas que esperar cola. Te dan una ficha con un número y recoges el libro a la salida, después de visitar el resto del templo. Aquí, a pesar de que no había nadie más, se han quedado con nuestro libro mientras paseábamos entre el bambú. Lo malo es que por poco nos lo dejamos. Ya estábamos casi en la parada del autobús cuando nos hemos acordado y hemos tenido que volver al templo a por él. Menos mal que no hemos visto venir un autobús mientras íbamos a la parada o habríamos salido corriendo y nos hubiera tocado volver de nuevo al templo a por el libro cuando nos hubiéramos dado cuenta de que no lo llevábamos (supongo que ya en el siguiente templo).

Kōtoku-in

Daibutsu

Daibutsu

Para ir a nuestra siguiente visita hemos que tenido que volver a la estación de tren y allí coger un autobús diferente, en la parada 1, hasta Daibutsumae, en la otra punta de la ciudad.

Kōtoku-in es un templo budista conocido principalmente por su Daibutsu (“Gran buda”), una estatua de bronce de más de 11 metros de altura y 121 toneladas del buda Amitābha, meditando en posición del loto. La estatua estaba inicialmente cubierta de pan de oro y dentro de un edificio que se vino abajo debido a un terremoto y un tsunami en 1498.

La estatua está hueca y se puede entrar en ella, pagando una pequeña cantidad adicional. La única iluminación que hay en el interior procede de dos ventanas que tiene en la espalda. Dentro no hay nada aparte de un cartel que explica algunos detalles de su construcción, pero por los ¥20 que te cobran, y si no hay mucha cola, puede resultar curioso entrar.

Hasedera

Muy cerca de Kōtoku-in, a menos de 10 minutos andando, se encuentra el templo Hasedera. Hay carteles que indican por donde hay que ir, así que no tiene pérdida.

Hojo-ike

Hojo-ike

Cuenta la leyenda que en el año 721, el monje Tokudo Shonin encontró un árbol de alcanfor en los bosques de Hase, en la prefectura de Nara, lo suficientemente grande como para que se pudieran tallar dos estatuas con su madera, tarea que encargó a dos escultores. Se tallaron dos estatuas de Kannon con once cabezas. La que se hizo con la parte inferior del árbol se quedó en el templo Hasedera, cerca de la ciudad de Nara. La otra, más grande, fue lanzada al mar para que encontrara su propio lugar y ayudase a otras personas también.

15 años tardó la estatua en aparecer de nuevo. Lo hizo en la playa de Nagai, el 18 de junio del 736, muy cerca de Kamakura, a donde fue llevada y donde se construyó un templo en su honor. El templo se llamó Hasedera, para dejar clara la conexión entre ambas estatuas. Aunque, precisamente por la estatua, también se le conoce como Hase-kannon.

Entrada a Benten-kutsu

Entrada a Benten-kutsu

El templo está construido en la ladera de una montaña. Tras atravesar la puerta de acceso, la sammon, se encuentran unos estanques preciosos (Hojo-ike), con pequeñas caídas de agua y llenos de árboles y flores. Junto a estos estanques está el Bentendo, donde se encuentra una estatua de Benzaiten, una diosa marina con ocho brazos patrona de la música y las artes, y la entrada a Benten-kutsu, una cueva con 17 estatuas talladas en la roca. La cueva no es muy grande aunque tiene varias estancias. Para acceder a algunas de ellas hay que pasar agachado y no hay mucha iluminación. Pero es una zona bastante especial del templo y merece mucho la pena entrar. Por desgracia, mientras estábamos en la cueva ha comenzado a llover, y hemos tenido que hacer el resto de la visita bajo la lluvia.

A partir de aquí hay que empezar a subir escaleras, porque el resto de edificios están en zonas más altas. Por el camino hay numerosas estatuas de Jizō, el protector de los niños y los viajeros. Se estima que hay unas mil. Los padres japoneses las traen al templo para que protejan a sus hijos, sobre todo a los que no han llegado a nacer. Se estima que más de 50.000 estatuas han pasado por el templo desde la Segunda Guerra Mundial. Cada estatua se mantiene en el templo durante un año, luego se quema o se entierra, para dejar sitio a otras nuevas.

Jizō

Jizō

Cientos de Jizō

Cientos de Jizō

Arriba se encuentran la mayoría de los edificios. Los dos principales contienen, respectivamente, una estatua de Amida Nyorai (Amitābha) y la famosa estatua de Kannon, con sus once cabezas. Esta estatua, de más de 9 metros de altura, es la estatua de madera más alta de todo Japón.

Cerca de estos edificios hay un restaurante y un mirador desde donde se ve parte de la costa de Kamakura. Frente al restaurante se encuentra el almacén de sutras (Kyōzō), que contiene una estructura giratoria llamada rinzo, dentro de la cual se encuentran los rollos de papel. Se dice que si giras la estructura logras los mismos méritos que si leyeras todos los sutras. Suponemos que por eso estaba anclada.

La playa de Kamakura

La playa de Kamakura

El templo continúa hacia arriba, a través de otro buen montón de escaleras, hasta otra zona donde se encuentra el museo y un observatorio desde donde se puede ver la playa. Pero la lluvia y el cansancio nos han hecho desistir de seguir trepando, además de que no teníamos demasiado interés en ver el museo. Así que, en lugar de eso, nos hemos ido a comer a un restaurante cercano al templo.

Después de comer y descansar un poco, nos hemos acercado hasta la playa, que queda relativamente cerca del templo. Sorprende la cantidad de chabolas que hay en la arena, junto a la carretera. Hemos tenido que buscar un sitio por donde entrar y luego adentrarnos en la arena para poder ver el mar. Como el clima no estaba para muchos baños, la playa estaba prácticamente vacía. Tan sólo algún que otro surfista buscando alguna ola que mereciera la pena.

Tsurugaoka Hachimangu

Tren de la línea Enoden

Tren de la línea Enoden

Para volver hemos cogido un tren de la línea Enoden, también incluido en el abono, hasta la estación de Kamakura. Ahí hemos vuelto a coger el autobús, el mismo que cogimos por la mañana, para acercarnos a ver un santuario que está a un par de paradas. No estaba en nuestra planificación, pero nos había parecido bonito desde al autobús y hemos decidido acercarnos a verlo.

El santuario se llama Tsurugaoka Hachimangu. Fue fundado en 1063 en la zona de Zaimokuza, muy cerca de la costa. Lo fundó Minamoto Yoriyoshi y lo dedicó a Hachiman, el kami de la guerra, protector de clan de los Genji (segundo nombre del clan Minamoto). El templo fue trasladado a su ubicación actual en 1180 por Minamoto Yoritomo, fundador del shogunato Kamakura, quien estableció aquí su gobierno militar en 1191.

A la entrada del templo hay unos preciosos estanques con varias islas. A algunas de ellas se puede cruzar mediante puentes. Entre los estanques arranca un largo corredor que lleva hasta un buen tramo de escaleras que dan acceso al Maiden, el salón de ceremonias donde se celebran las bodas. Desde ahí se accede al resto del templo, pero estaba cerrado cuando hemos llegado.

Puente sobre el estanque Heike

Puente sobre el estanque Heike

Maiden con el Hongu al fondo

Maiden con el Hongu al fondo

Como la lluvia ya era bastante intensa a esas horas, hemos cogido un autobús de vuelta a la estación y allí hemos tomado el primer tren hasta Shinagawa, donde hemos cogido el autobús gratuito del hotel.

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Patrimonio de la humanidad en Nikko

Hoy nos hemos vuelto a levantar tempranito y hemos seguido el mismo plan que ayer, desayunando en el hotel y cogiendo el mismo tren hasta Nikko. Hoy sí que hemos utilizado el abono que compramos ayer, empezando por el autobús número 7, llamado World Heritage Bus, que lleva hasta la zona donde están los templos que queremos visitar, y que hemos cogido en la parada 1A de la estación JR en Nikko.

Mausoleo Taiyuin

Yashamon

Yashamon

Nos hemos bajado en la parada Taiyuintemple-Futarasanshrine (así aparece en el mapa que tenemos), que te deja en la entrada del mausoleo de Taiyuin, que está junto a la del santuario Futarasan. Empezar por aquí y recorrer la zona andando hasta el puente de Shinkyō es la ruta inversa a la que suele hacer la mayoría de la gente (sobre todo los grupos con guía). Hemos decidido hacerlo así en parte para ir contracorriente, evitando coincidir con los grupos por toda la ruta, y en parte porque en este sentido es cuesta abajo, que también se agradece 😉 .

Aunque no estaba en nuestros planes iniciales, hemos decidido (o, más bien, lo ha decidido nuestro hijo) visitar el mausoleo Taiyuin. Este mausoleo forma parte del templo Rinnō-ji y tiene una entrada combinada que te ahorra unos ¥50 (que no es gran cosa) y tener que pasar por la taquilla del templo después.

Koukamon

Koukamon

Aquí está enterrado Tokugawa Iemitsu, el tercer shogun de la era Edo. El mausoleo fue construido en 1653 por el cuarto shogun Tokugawa, Ietsuna, hijo de Iemitsu. Se construyó con una estructura semejante a la de Tōshō-gū, donde está enterrado el abuelo de Iemitsu, Ieyasu, pero de forma más modesta, debido al profundo respeto que Iemitsu sentía por su abuelo. Por este mismo motivo los edificios de este complejo están encarados hacia Tōshō-gū. Posteriormente, el emperador Go-Kōmyō le concedió el título de templo al mausoleo, aunque tras la Restauración Meiji quedó supeditado a Rinnō-ji.

Resulta curioso observar, como a medida que te vas adentrando en el mausoleo, acercándote al edificio principal, los edificios están cada vez más decorados y son más suntuosos. El salón principal (honden) y la sala de oración (haiden) están cerrados y sólo se pueden ver por fuera. Tampoco está abierta la Koukamon, la puerta que separa la Okunoin (“casa interior”) del resto del templo. La Okunoin, en la que incluso los monjes rara vez entran, contiene otro haiden, otra puerta (llamada Inukimon), una torre del tesoro y la tumba de Iemitsu.

Santuario Futarasan

Tras la visita de Taiyuin, que no dura mucho, nos hemos metido en el santuario Futarasan que, como ya hemos dicho, está justo al lado.

Barriles de sake

Barriles de sake

El santuario Futarasan fue fundado por el monje Shōdō Shonin en el año 782, y está dedicado a los kami de las tres montañas más sagradas de Nikko: Nantai, Nyoho y Taro. Fue originalmente un templo que mezclaba budismo y sintoísmo, pero tras la separación de las religiones que se produjo en la Restauración Meiji se convirtió en santuario. El complejo cubre 3400 hectáreas, incluyendo varios bosques y los picos de las tres montañas.

Hay un conjunto de barriles de sake, donados por destiladores locales que opinan que el agua del manantial que se encuentra en el santuario Takinō, situado a un kilómetro al oeste de Futarasan, hace que el sake sea muy sabroso.

En el recinto hay varios árboles gigantes, algunos milenarios, que se consideran sagrados. Tienen cuerdas shimenawa alrededor para protegerlos y son venerados. También hay un farol llamado el farol fantasma, por las extrañas formas que adopta el fuego cuando se enciende. Tiene marcas de los golpes de las espadas de guerreros samuráis que lo confundieron con un monstruo en la oscuridad de la noche.

Farol fantasma

Farol fantasma

Árboles sagrados

Árboles sagrados

Por algún motivo que desconocemos, el sello de este santuario cuesta ¥500, en lugar de los ¥300 habituales. Y es algo bastante raro, porque el precio de los sellos parece muy estandarizado.

Santuario Tosho-gu

De camino a Tosho-gu

De camino a Tosho-gu

El santuario Futarasan tiene una salida que conduce a un paseo flanqueado por faroles que recorre un lateral del santuario Tosho-gu, en dirección hacia su entrada. El precio de este santuario es notablemente más elevado que el del resto de lugares de culto de la zona. Y resulta obvio que las discrepancias sobre el reparto del importe de la entrada combinada de templos proceden de aquí, siendo éste el motivo de su retirada.

El santuario Tōshō-gū contiene el mausoleo con las cenizas de Tokugawa Ieyasu, el fundador del shogunato Tokugawa, que perduró durante más de 250 años. El propio Ieyasu es venerado en este santuario con el nombre de Tosho Daigongen. Se construyó en 1617, un año después de la muerte de Ieyasu. Siguiendo su voluntad, el santuario se construyó en Nikko, a pesar de que Nikko está al norte de Tokio (que era la capital durante el shogunato, con el nombre de Edo) y el norte se considera una dirección tabú, porque se dice que es por donde entran los demonios. Pero Ieyasu quería ser enterrado aquí para poder proteger a Japón del mal.

Aunque Ieyasu quería un santuario modesto, su nieto Iemitsu hizo varias remodelaciones en 1636 hasta convertirlo en el imponente edificio actual. El complejo es realmente hermoso, con numerosos edificios profusamente decorados. Y también está atestado de gente, sobre todo de enormes grupos procedentes de excursiones organizadas.

No ver el mal, no hablarle al mal, no escuchar al mal

No ver el mal, no hablarle al mal, no escuchar al mal

El santuario está organizado para absorber a este enorme flujo de gente, lo que implica una ruta marcada y zonas a las que no se puede volver una vez recorridas. Por el mismo motivo, el sello no te lo ponen directamente en el libro. En su lugar te venden, al mismo precio, una hoja con el sello y el nombre ya escritos, a falta de poner la fecha, que sí lo hacen en el momento. Es un fastidio, pero tendremos que pegar la hoja en su lugar correspondiente del libro (hemos guardado el espacio).

Uno de los edificios más conocidos del santuario es el Shinkyusha (“establo sagrado”), un establo para los caballos blancos sagrados del santuario, que incluye un friso con ocho tallas de monos representando escenas cotidianas de la vida. Entre ellas se encuentra la famosa “no ver el mal, no hablarle al mal, no escuchar al mal”. Los monos se han considerado mensajeros de los dioses y protectores de los caballos desde la antigüedad. También se consideran símbolos de la buena suerte, porque la palabra japonesa para mono, saru, también se utiliza, como verbo, cuando se habla de expulsar o abandonar la mala fortuna.

La puerta Yomeimon está actualmente en restauración y cubierta de andamios. Te ofrecen hacerte una foto con una de las torres laterales, que luego te venden junto a una foto de la puerta sin los andamios (que, por cierto, es realmente preciosa).

Más allá de la puerta se encuentra el edificio principal, que consta de la sala de oración (haiden), conectada con el salón principal o honden.

A la derecha se encuentra la puerta Sakashitamon, que conduce al santuario interior Okusha, en cuya entrada se encuentra la famosa escultura del gato durmiente. En la parte de atrás hay un gorrión. Si el gato despertara se comería al gorrión, pero, sin embargo, conviven. Es un símbolo de la paz.

Karamon

Karamon

El gato durmiente

El gato durmiente

Gorrión

Gorrión

Tras la entrada hay un montón de escaleras que llevan al lugar donde están los restos de Ieyasu, en una especie de enorme urna a cuyo recinto no se puede entrar pero que sí se puede rodear para verla desde todos los ángulos.

Piedras en Tosho-gu

Piedras en Tosho-gu

Okusha-houtou

Okusha-houtou

A la izquierda de la puerta Yomeimon, detrás de la “torre del tambor” se encuentra el Yakushi-dō (también llamado Honji-dō) en cuyo techo está la pintura del Nakiryu (“dragón plañidero”), que recibe ese nombre por el sonido, como un gemido, que produce el eco si se golpean dos palos bajo las fauces del dragón. Se entra en grupos y los monjes hacen una demostración golpeando palos en varios lugares de la estancia. Que cada uno juzgue a qué suena. No se permiten hacer fotografías.

Templo Rinnō-ji

Bajando desde la entrada de Tosho-gu se encuentra el templo Rinnō-ji, que es el más importante de Nikko. Fue fundado por Shōdō Shonin en el año 766. Originalmente se llamaba Shihonryuji y fue renombrado como Manganji en el año 810. En 1655 se le cambió el nombre una vez más, esta vez a Rinnoji-no-miya, del que procede el nombre actual. Durante la Restauración Meiji (aparte de cambiarle el nombre, una vez más, a Manganji) se trató de separar los templos budistas de los santuarios sintoístas y más de 100 templos fueron “fusionados” con éste por ley. Sin embargo, 15 de esos templos revivieron en el año 1882 y se “independizaron” con el nombre de Rinnō-ji.

Andamio del Sanbutsu-do

Andamio del Sanbutsu-do

El edificio central de este complejo, el único que cobra entrada para acceder a él, se llama Sanbutsu-dō (“Salón de los tres budas”) y alberga tres estatuas de los budas Amida Nyorai (Amitābha), Senju-Kannon (Kannon de los mil brazos) y Batō-Kannon (Kannon con cabeza de caballo), cada una de las cuales representa a uno de los tres montes sagrados de Nikko.

Está cubierto de andamios, con una enorme fotografía del exterior del edificio, debido a su restauración hasta marzo de 2021. Aún así se puede entrar, aunque algunos elementos están tapados o directamente no están, como algunas de las estatuas. Se puede subir, mediante un montón de tramos de escaleras, a la parte superior del andamiaje. Desde allí se puede ver cómo están desmontando el templo pieza a pieza. También hay un mirador, desde donde se pueden ver otros edificios del complejo.

Puente Shinkyō

Bajando desde Rinnō-ji, y siguiendo los carteles para no liarse, se llega hasta el Shinkyō (“Puente sagrado”), un precioso puente lacado en rojo sobre el río Daiya. Cuenta la leyenda que Shōdō Shonin y sus acompañantes escalaron el monte Nantai en el año 766 para rezar por la prosperidad, pero al llegar al río no pudieron cruzarlo. Sus rezos hicieron que se apareciera un dios que portaba dos serpientes, una roja y otra azul, a las que convirtió en un puente multicolor cubierto de juncos por el que pudieron cruzar. Por ese motivo a este puente también se lo conoce como Yamasugeno-jabashi (“puente-serpiente de juncos”).

Puente Shinkyo

Puente Shinkyo

El puente forma parte del santuario Futarasan, tiene 28 metros de largo y 7,8 de ancho, y el punto más alto se encuentra a algo más de 10 metros sobre el río.

Ha habido otros puentes anteriores, pero el actual fue construido en 1636. Hasta 1973 tan sólo generales y emisarios de la corte imperial podían utilizarlo. Tuvo que ser restaurado a finales de los años 90 y en la actualidad hay que pagar para cruzarlo. Aunque no se puede pasar al otro lado del río, se entra y se sale por el mismo margen.

El puente se encuentra al final (o el principio, según se mire) del parque de Nikko, que es donde se encuentran todos los templos y santuarios que hemos visitado. En la calle que va hasta la estación hay varios restaurantes. Hemos comido en uno de ellos. Hoy ha tocado ramen y udon. Los ramen son la versión japonesa de los fideos chinos, aunque se sirven de forma muy similar a los udon, en sopa y con más ingredientes, todo en un mismo cuenco.

Lago Chūzenji

En la misma calle, justo frente al restaurante donde hemos comido, hemos cogido un autobús que nos ha llevado hasta el lago Chūzenji (parada Chuzenji-onsen). El lago se creó hace unos 20.000 años, cuando una erupción del monte Nantai bloqueó el río. El lago se alimenta del río Yukawa y descarga su exceso de agua a través de una preciosa cascada de casi 100 metros de altura llamada Kegon, situada en el primer tramo del río Daiya, que nace en este lago.

Lago Chuzenji

Lago Chuzenji

Cascada Kegon

Cascada Kegon

Se puede acceder, por medio de un ascensor de pago (y unas cuantas escaleras), a una plataforma de observación situada en el fondo de la cascada. Es algo caro, pero permite acceder a unas muy buenas vistas de la cascada, dado que desde arriba se ve bastante mal.

Bakejizō

Tras las fotos de rigor del lago y la cascada hemos tomado de nuevo el autobús (en la misma parada), de vuelta a Nikko. Nos hemos bajado en Nishisando y nos hemos dirigido hacia el río, buscando los Bakejizō. Encontrarlos no ha sido tarea fácil, porque no hay indicaciones. Una japonesa nos ha visto algo despistados y se ha ofrecido a ayudarnos. Incluso nos ha guiado hasta la puerta de su casa, de donde ha cogido un mapa que nos ha regalado y sobre el que nos ha indicado el camino… mandándonos en dirección contraria a la que teníamos que ir.

Afortunadamente, en la dirección que nos ha indicado el camino se termina pronto, o hubiéramos andado bastante más de la cuenta. Y, aunque hemos estado a punto de tratar de meternos por la orilla del río, al final hemos acabado suponiendo que los Jizō estaban en la dirección opuesta y que el puente que nos había señalado en el mapa no era por el que realmente habíamos cruzado.

Bakejizo

Bakejizo

Tras un paseo que nos ha parecido bastante más largo de lo que realmente era hemos llegado, ya anocheciendo, a nuestro destino: los Bakejizō, literalmente “Jizō fantasma”, un grupo de unas 40 estatuas alineadas junto al río Daiya. Reciben ese nombre porque se supone que cada vez que las cuentas obtienes un número diferente, porque las estatuas juegan contigo y cambian de sitio. De hecho, nuestro hijo ha contado tan sólo 33. Solía haber más de cien estatuas, pero la mayoría se perdió en una inundación.

Jizō es el nombre japonés del bodhisattva Ksitigarbha (“Tesoro de la tierra”), que permanece en los infiernos, sin alcanzar la budeidad, hasta haber ayudado a liberar a todas las almas atormentadas.

Se le suele representar vestido de monje con un báculo con sortijas y una campanilla en una mano y una perla brillante en la otra. Se supone que utiliza el báculo para romper las puertas de los infiernos y la perla para iluminar toda la existencia, alejándola del dolor.

En Japón Jizō es el protector de los niños (sobre todo de los fallecidos), las embarazadas, los bomberos y los viajeros. Oculta a los niños en sus ropas para protegerlos de los demonios y los guía a la salvación.

De vuelta al hotel

Es posible que haya un camino mejor señalado bajándose en una parada anterior de autobús, porque nos hemos encontrado gente que venía de esa dirección. En cualquier caso, nosotros nos hemos vuelto a Nishisando, porque ahí paran más autobuses.

Hemos cogido otro autobús de vuelta a la estación de tren de JR y luego hemos tenido que correr para coger el tren que estaba a punto de marcharse, y no tener que esperar un buen rato, porque a esas horas la frecuencia de trenes es mucho menor.

Ya en Utsunomiya, hemos cenado en el centro comercial de la propia estación. Luego nos hemos ido al hotel a descansar, que el día ha sido bastante largo.

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Miyajima

Para ganar tiempo, y dado que no hemos cogido el desayuno del hotel (lo que aparece en la foto no parece gran cosa, para lo que cuesta), hemos desayunado en la habitación los cafés y bollos que compramos ayer en la estación. Estación a la que nos hemos dirigido para coger un tren hasta Miyajimaguchi. Todo está perfectamente indicado. Hay que carteles que indican el andén donde para el tren que va hasta Miyajima y, en las estaciones intermedias que tienen nombres parecidos, hay otros enormes que dicen claramente que esa estación NO es donde tienes que bajarte.

Muy cerca de la estación, y siguiendo los carteles que hay por todas partes, está el puerto desde donde salen los ferries que van a la isla. Hemos cogido el de JR, incluido en el JR Pass, que apenas tarda 10 minutos en cruzar los 2 kilómetros que la separan de la costa de Hiroshima.

La isla se llama en realidad Itsukushima, pero se la conoce como Miyajima (“isla-santuario”). Es considerada un lugar sagrado, por el que los kami tienen preferencia, desde hace siglos. Es más, el lugar se considera tan puro, que los nacimientos y las muertes están prohibidos, para no comprometer esa pureza. Las mujeres que estén cerca de dar a luz o los enfermos terminales tienen que abandonar la isla obligatoriamente, y los entierros están totalmente prohibidos.

El santuario Itsukushima

Itsukushima y la pagoda de cinco pisos

Itsukushima y la pagoda de cinco pisos

Desde el puerto hay que andar unos 15 minutos hasta el santuario Itsukushima. Y nada más salir del puerto ya te encuentras con los ciervos salvajes que pululan por toda la isla (y que se te comen los planos a nada que te descuides). De camino hemos ido haciendo fotos, desde todos los ángulos, de la impresionante puerta torii del santuario, que está en el mar. La llaman Otorii (“gran torii”), usando el prefijo honorífico o-. La primera se construyó en 1168. La actual, que es ya la octava, es de 1875. Tiene más de 16 metros de altura y pesa 60 toneladas. Está formada por cuatro pequeñas torii que sostienen los pilares del torii principal. No está enterrada, sino apoyada en el lecho marino, sostenida por su peso, al que contribuyen las 7 toneladas de piedras que hay colocadas en su parte superior. Está lo suficientemente cerca de la costa como para poder acercarse a ella andando cuando baja la marea. Cuando hemos llegado la marea estaba alta, por lo que estaba parcialmente sumergida.

Se dice que el santuario fue fundado en el año 593, aunque los primeros registros sobre su existencia son del año 811. Sufrió daños por incendios en 1027 y 1223, y por un tifón en 1325. El santuario principal actual es de 1571, aunque entre los más de 50 edificios que forman el complejo hay otros de mayor antigüedad.

La Otorii entre faroles

La Otorii entre faroles

El santuario fue construido sobre el agua, aunque los motivos de hacerlo así no están del todo claros. Unos afirman que se debe a que el santuario está dedicado al kami Itsukushima, protector de los pescadores y sus barcos. Aunque lo más probable es que se deba al carácter sagrado que siempre ha tenido la isla, unido a la creencia en la Tierra pura (el “paraíso” budista), que es a donde van las almas de los que mueren, y a la que se llega en barco.

La zona en la que está el santuario tiene muy poquita profundidad y se puede ver el fondo y cómo los pilares de los edificios se apoyan sobre las rocas colocadas para nivelar en lugar de estar enterrados, siempre tratando de alterar lo menos posible el terreno sagrado de la isla.

El monte Misen

Cerca de la salida del santuario, siguiendo la ruta marcada, se encuentra la parada del autobús gratuito del teleférico. Sólo hay que seguir los carteles. El autobús te deja junto a la terminal del teleférico. Tan sólo hay que subir unas pocas escaleras. El teleférico tiene dos tramos, te bajas de uno y te subes en el siguiente. El primero es de cabinas pequeñas, de unas 6 personas. Es de tipo circular, por lo que pasan constantemente. Las cabinas del segundo son más grandes, pero salen cada 15 minutos, por lo que puede que haya que esperar algo de cola. Hay dos cabinas que circulan en paralelo, cada una en un sentido.

Desde el teleférico

Desde el teleférico

Si vas a dejar cosas, para cargar con el menor peso posible durante el paseo por la montaña, es mejor hacerlo en las taquillas que hay arriba, en la estación Shishiiwa, porque son gratuitas (las que hay abajo, no). También puede ser recomendable coger uno de los bastones de bambú que hay junto a la puerta, teniendo en cuenta la cantidad de escalones que hay por el camino y la ausencia casi total de pasamanos (hay tres junto al Dainichido, cuando ya estás bajando). El recorrido está perfectamente indicado, y tiene algunos tramos fáciles y otros bastante empinados o con muchas escaleras. Está muy bien acondicionado, salvo porque no hay dónde agarrarse. Lo estiman en una hora, desde que sales de la estación Shishiiwa hasta que vuelves a ella, pero hay que correr mucho para hacerlo en ese tiempo.

Tras recorrer el primer tramo, el más largo, se llega a una pequeña explanada donde hay varios templos. En uno de ellos está la Llama eterna, encendida por el monje Kobo Daishi durante su búsqueda de la iluminación y mantenida durante más de 1200 años sin apagarse. Éste fue el fuego que se utilizó para encender la Llama de la paz (la dedicada a las víctimas de la bomba atómica, en el Parque de la paz).

Por el camino que sigue subiendo hay pequeños templos y santuarios y, arriba, un mirador desde el que se pueden ver, si el cielo está despejado, muchas de las islas del mar interior de Seto.

La llama eterna (o, más bien, los rescoldos)

La llama eterna (o, más bien, los rescoldos)

La cumbre del monte Misen

La cumbre del monte Misen

Las islas del mar de Seto

Las islas del mar de Seto

El paseo de vuelta hasta la estación es algo más ligero (aunque no mucho más). Nosotros hemos decidido reponer fuerzas tomando unos udon en el restaurante de la estación del teleférico, antes de bajar.

El autobús gratuito no es muy grande y todo el mundo tiene que ir sentado (todo el espacio está ocupado con asientos, algunos plegables). Al ir a coger el de bajada se ha llenado justo cuando nos tocaba subir a nosotros. Como pasan cada 20 minutos, hemos decidido bajar andando. Y ha sido buena idea, porque el camino de bajada es precioso, con el río, cascadas, puentes, etc. Merece la pena y no se tarda mucho (y de bajada es cómodo).

Bajando desde la estación Momijidani

Bajando desde la estación Momijidani

Udon

Udon

Cuando hemos llegado abajo hemos visto que la marea ya había bajado lo suficiente como para poder ir andando hasta la puerta. Así que haciendo caso omiso del cansancio y el dolor de pies, nos hemos acercado hasta ella para verla de cerca y hacerle más fotos.

Itsukushima sin agua

Itsukushima sin agua

La Otorii sin agua

La Otorii sin agua

Otorii

Otorii

Parque de la paz

La cúpula de la bomba atómica

La cúpula de la bomba atómica

La llama de la paz

La llama de la paz

Hemos cogido el mismo ferry de vuelta y luego un tren hasta Yokogawa. Allí hemos enlazado con el tranvía número 7, que nos ha llevado hasta el Parque de la paz (parada Genbaku dome mae), y así poder verlo con más tranquilidad, aprovechando que no llovía. El parque está lleno de monumentos dedicados a las víctimas o a la paz. Destaca el Monumento a la paz de los niños, dedicado a la memoria de Sasaki Sadako, una niña que murió de leucemia a causa de la radiación. En Japón hay una antigua creencia que dice que si fabricas 1000 grullas de papel se te concede un deseo. Sadako llegó a hacer 1300 grullas, pidiendo curarse. Algunas de ellas se guardan en el museo. Rodeando al monumento hay muchas más, la mayoría dejadas o enviadas por niños de todo el mundo.

También resulta llamativo el Montículo conmemorativo de la bomba atómica, creado con las cenizas de 70.000 víctimas no identificadas. Muy cerca del parque, cruzando la calle, está el hipocentro, el punto exacto donde cayó la bomba. Ahora está todo reconstruido. Tan sólo hay una placa con una fotografía de cómo quedó después de la explosión.

Campana de la paz

Campana de la paz

Monumento a la paz de los niños

Monumento a la paz de los niños

Montículo conmemorativo de la bomba atómica

Montículo conmemorativo de la bomba atómica

Para volver hemos cogido un autobús. Es de los de subir por detrás y coger ticket con un número. Al llegar al destino, se paga lo que indica el panel para el número del ticket y se baja por delante.

Antes de meternos en el hotel, y para que no nos pasará lo de ayer, hemos ido directamente al centro comercial a cenar. Hoy hemos probado un restaurante de okonomiyaki llamado Goemon. Son una especie de creps que se preparan en una plancha frente a la barra en la que comes. Les ponen todo tipo de cosas encima y los cubren con un huevo hecho muy finito, salsa y especias. En esta zona es típico que lleven pasta, udon o soba, como ingrediente principal.

Preparando nuestros okonomiyaki

Preparando nuestros okonomiyaki

Okonomiyaki listo para tomar

Okonomiyaki listo para tomar

Ya en el hotel ha tocado hacer maletas, que mañana nos vamos a Hakone.

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Paseando entre ciervos

Hōryū-ji

Hoy hemos desayunado en la habitación, lo que nos ha permitido estar pronto en la estación sin tener que madrugar en exceso 😉 . Hemos cogido el exprés del aeropuerto hasta Tennoji y allí hemos cambiado a un regional hasta Horyuji.

Al templo se puede ir andando (está a unos 20 minutos), en autobús (el 72) o en taxi (se coge justo al lado de donde sale el autobús). Para tratar de ganar tiempo hemos cogido un taxi (a pesar de que el taxista insistía en explicarnos qué autobús teníamos que coger y que nos iba a salir más barato que el taxi). Al final nos ha costado ¥860 (frente a los ¥480, ¥190 adultos y ¥100 niños, que nos habría costado el autobús). Al taxi se sube por la izquierda y la puerta la abre y cierra el conductor (no hay que tocarla). No se deja propina.

Kondō y pagoda de Hōryū-ji

Kondō y pagoda de Hōryū-ji

Hōryū-ji es un templo budista fundado en el año 607 por el príncipe Shotoku. Alberga unos 50 edificios, algunos de los cuales, como el kondō (salón dorado), son los edificios de madera más antiguos del mundo. Aunque no datan del 607, porque un incendio provocado por un rayo destruyó el templo en el 670. No obstante, algunos edificios se conservan (con algunas restauraciones) desde el año 700.

La pagoda de cinco pisos, también del 700, es otro de los edificios de madera más antiguos. Contiene reliquias en sus cimientos, aunque es posible que no puedan ser recuperadas nunca sin provocar el derrumbamiento del edificio. Las plantas de la pagoda representan el ciclo de los cinco elementos: de abajo a arriba, tierra, metal, agua, madera y fuego.

El templo estaba inicialmente dedicado a Yakushi, el Nyorai de la curación. Nyorai es la traducción al japonés del término sánscrito Tathagata, que es un título honorífico que se otorga a los que alcanzan la iluminación (como el título Buda pero más importante, porque Tathagata era como se refería a sí mismo el Buda histórico). Yakushi es el nombre japonés de Bhaiṣajyaguru, buda de la medicina.

Detalle del kondō

Detalle del kondō

La entrada incluye tres zonas, aunque se pueden pagar por separado. Saiin Garan (“recinto del oeste”) incluye la pagoda (Goju-no-To) y el salón principal (kondō), donde están las esculturas a las que está dedicado el templo. En el Daihōzoin está el museo con los tesoros del templo y el “salón del alma del príncipe Shotoku”, donde nos han puesto el sello del templo en el libro. Luego hay que andar un poco hasta el Toin Garan (“recinto del este”), donde se encuentra el Yumedono (“salón de las visiones”), un templo de forma octogonal dedicado a la memoria del príncipe. Conviene asegurarse de haber visto todo lo deseado antes de salir de cada zona, porque luego no podrás volver a entrar, aunque en el plano parezca que hay caminos.

Al salir del templo hemos encontrado en una parada de autobús instrucciones sobre dónde coger el autobús de vuelta a la estación de JR. Aquí el autobús va como en Kioto: te subes por atrás y pagas al salir. Se suponía que había que coger un ticket que luego serviría para determinar cuánto pagar, pero no hemos visto dónde. Puede que estuviéramos en una zona de tarifa única. Se paga y se sale por delante. Hay que meter el dinero exacto en monedas, pero hay una máquina para cambiar billetes de 1000 yenes justo al lado.

Yumedono

Yumedono

Los ciervos de Nara

Hemos cogido el tren para seguir un par de estaciones más hasta Nara y hemos comido en la estación. Luego, siguiendo las recomendaciones de la chica de la oficina de información turística, hemos cogido el autobús de la línea 2 (circular) en la parada 1 de la estación y nos hemos bajado en Daibutsuden Kasuga Taisha mae, una parada que queda a la misma distancia de los dos sitios que queríamos visitar: el templo Tōdai-ji y el santuario Kasuga Taisha.

Ciervos en Nara

Curiosamente, los autobuses en Nara (o, al menos, los de la línea circular, que tienen un precio fijo) funcionan de forma diferente a los de Kioto. Aquí te subes por delante y pagas al subir. Tienes que pagar en monedas, el precio exacto, y no hay máquina para cambiar en el autobús. Así que hay que preparar moneditas: ¥210 los adultos y ¥110 los niños.

Hemos decido ir primero al santuario Kasuga porque, según ponía en los carteles, cierra antes. Aunque puede que sólo cierren antes algunas zonas concretas, tampoco nos íbamos a arriesgar.

De camino al santuario se atraviesa parte del Parque de Nara, que está plagado de ciervos en libertad. En esta época del año los machos han perdido ya la cornamenta y están, en general, bastante tranquilos. Les puedes dar de comer sin muchos problemas (si no lo haces donde haya grupos grandes, para que no vayan todos a por ti) y muchos se dejan incluso acariciar. La forma adecuada de darles de comer es hacerles un saludo, esperar a que te respondan (el ciervo, lo creas o no, te devuelve el saludo) y luego darles la comida. Aunque si compras un paquete de unas obleas grandes que les encantan y si te ven 7 u 8 de ellos no vas a tener tiempo para rituales, porque se te van a echar todos encima. Las obleas las venden cerca de la entrada del Tōdai-ji, por lo que, como era de esperar, allí es donde hay más ciervos y más pendientes de lo que llevas en las manos. Es mejor darles de comer a los están algo más lejos, que son mucho más  pacíficos.

Uno de los muchos ciervos

Uno de los muchos ciervos

Ciervos al ataque

Ciervos al ataque

El ciervo que nos llevamos a casa

El ciervo que nos llevamos a casa

Kasuga Taisha

Faroles de piedra

Faroles de piedra

El Kasuga Taisha (“Gran santuario Kasuga”) fue fundado en el año 768 por la familia Fujiwara. Los Fujiwara son un poderoso clan cuyos miembros siempre han tenido cargos muy cercanos al emperador, llegando a ser los auténticos gobernantes de Japón durante el periodo Heian (794-1185), y manteniendo su influencia incluso hasta el siglo XX, emparentándose con la familia imperial mediante matrimonios concertados.

El santuario se ubica a los pies de las montañas sagradas de Nara, Kasugayama y Mikasayama. Lo que más destaca es la enorme colección de faroles que alberga, donados por los fieles. Los del camino de acceso son de piedra y se apoyan sobre pilares. Los que cuelgan de los edificios son de bronce. Se estima que hay unos tres mil faroles (dos mil de piedra y mil de bronce). Antiguamente se encendían todos cada noche, pero ahora sólo se hace ciertos días al año.

Faroles de cobre

Faroles de cobre

Faroles encendidos

Faroles encendidos

El santuario está dedicado, entre otros, a Amenokoyane, el kami a quien la diosa Amaterasu encargó la custodia del espejo divino, y a quien los Fujiwara consideran un ancestro.

El santuario se visita mediante un recorrido marcado, aunque no es tan estricto como en otros sitios y puedes ir un poco más a tu aire. Del santuario sale un camino rodeado de faroles que serpentea por la montaña, pero nosotros hemos vuelto por el mismo camino por el que hemos subido para llegar a Tōdai-ji con tiempo para ver el templo antes de que lo cerraran.

Tōdai-ji

El edificio que alberga el daibutsu

El edificio que alberga el daibutsu

Lo más destacable del templo Tōdai-ji es la enorme estatua de bronce de Buda (llamada daibutsu, “gran buda”) que hay dentro, de unos 15 metros de altura. Se trata del Nyorai Dainichi (Buda Vairóchana). El edificio que la alberga, de unos 50 metros de alto, es considerado la construcción de madera más grande del mundo.

El templo y la estatua originales son de mediados del siglo VIII, pero ambos han sido reconstruidos en varias ocasiones, debido a los daños por terremotos e incendios tan habituales en Japón.

Uno de los pilares del edificio tiene un agujero en su base, del mismo tamaño que el orificio de la nariz de la estatua. Se supone que si puedes pasar a través de él alcanzarás la iluminación.

Destaca la Nandaimon (“gran puerta del sur”), de 20 metros de altura, construida en 1199. Hay también una torre (shōrō) que contiene la campana más grande de todo Japón (3,87m de altura y 3,71m de diámetro), construida en el año 752.

Daibutsu

Daibutsu

La pagoda del Kōfuku-ji

La pagoda del Kōfuku-ji

Curiosamente, dentro de este templo sí que se pueden hacer fotografías. Así que hemos aprovechado para sacar fotos del buda y de nuestro hijo pasando por dentro de la columna (algo bastante fácil para él, dado su tamaño).

Desde el templo nos hemos vuelto hasta la estación dando un paseo, viendo los puestos de souvenirs y disfrutando del parque. A mitad de camino hay otro templo, el Kōfuku-ji, que ya estaba cerrado, pero que tiene una pagoda de cinco pisos. Hemos hecho un par de fotos y hemos seguido hasta la estación de JR. Antes de coger el tren hemos aprovechado para cenar unos yakitori que hemos cogido en un pequeño restaurante de comida para llevar al que le habíamos echado el ojo por la mañana. Nos los hemos comido allí mismo en una pequeña barra que tienen detrás. Estaban deliciosos.

Luego hemos vuelto al hotel en tren, haciendo escala en la estación de Osaka.

Yakitori

Yakitori

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Templos y santuarios en Kioto

Hoy nos hemos levantado algo más tarde. Hemos bajado cuando ya casi se estaba terminando el tiempo del desayuno. Aún así, en cuanto nos han visto llegar nos han sacado tostadas y nos han repuesto de casi todo lo que se había terminado (excepto leche). Pensábamos que tendríamos que coger el desayuno en la estación, pero al final no ha hecho falta. Hoy había una especie de ensaladilla rusa que estaba bastante buena. Y la riquísima sopa de miso que tienen siempre, claro.

Fushimi Inari-taisha

La entrada a Fushimi Inari

La entrada a Fushimi Inari

Nos hemos ido a la estación y hemos cogido un shinkansen hasta Kioto. Allí hemos cambiado a un tren regional para ir hasta Inari. El santuario está justo frente a la estación.

El santuario Fushimi Inari-taisha fue construido en el siglo VIII por el clan Hata y es el principal centro de culto al kami Inari en Japón. Inari es el kami del arroz y del sake, aunque a medida que el papel de la agricultura en la economía japonesa fue disminuyendo, pasó a ser también el kami de todo tipo de negocios. El culto a Inari es el más extendido de Japón. Se estima que una tercera parte de los santuarios de todo Japón están dedicados a este kami (por lo que se ve, entre salud, dinero y amor, los japoneses tienen bastante claro con qué se quedan). Con frecuencia comerciantes, hombres de negocios o las propias empresas donan barriles de sake y puertas torii en agradecimiento al kami por lo bien que les ha ido. Y la mayoría de estas puertas torii acaban aquí, donde miles de ellas (literalmente) forman un interminable camino que serpentea por la montaña, detrás del santuario.

Un kitsune con la llave del granero

Un kitsune con la llave del granero

Otro de los elementos típicos de este santuario (y de otros muchos consagrados a Inari) son las estatuas de zorros. El zorro (kitsune) se considera el mensajero del kami y protector de las cosechas, por lo que con frecuencia se lo representa con un rollo de papel en la boca o custodiando las llaves del granero.

El complejo se sitúa en la ladera de una montaña y abarca numerosas construcciones. Aunque se empezó a construir en 711, el santuario principal no se construyó hasta 1499.

Nos hemos hinchado a hacer fotos de puertas torii. También hemos comprado un libro de sellos de templos y santuarios y nos han escrito el nombre del santuario en él. A partir de ahora iremos poniendo el sello de cada templo que visitemos en el libro, a 300 yenes cada uno, eso sí.

Unas pocas puertas torii

Unas pocas puertas torii

Unas pocas puertas torii más

Unas pocas puertas torii más

Dos de los primeros sellos

Dos de los primeros sellos

Sanjūsangen-dō

Nos hemos cogido de nuevo el tren hasta la estación de Kioto y desde allí nos hemos ido a un centro comercial cercano a comer. Hemos escogido un buffet libre que tenía tanto comida japonesa como occidental y hemos aprovechado para probar un montón de cosas (que no tenemos ni idea de cómo se llaman, y casi ni qué son). Luego hemos vuelto a la estación a coger un autobús que nos ha llevado a Sanjūsangen-dō. Coger autobuses aquí resulta bastante sencillo. Todo está indicado en inglés además de en japonés y el autobús lleva una pantalla donde se indica cada parada. Hay que tener en cuenta que al autobús se sube por detrás y se sale por delante. Como nosotros compramos billetes válidos para todo el día, hemos tenido que meterlos en la máquina para que les pusieran la fecha. Las siguientes veces basta con enseñarlos.

Probando entrantes japoneses

Probando entrantes japoneses

Degustación de postres

Degustación de postres

Sanjūsangen-dō

Sanjūsangen-dō

Sanjūsangen-dō (“Salón con treinta tres espacios entre columnas”) es el nombre con el que se conoce popularmente al templo Rengeō-in. El nombre hace referencia a las dimensiones del edificio principal que, con sus 120 metros, es considerado el edificio de madera más largo del mundo. En su interior se encuentra una impresionante estatua de Kannon, flanqueada por otras no menos impresionantes 1000 estatuas más de Kannon a tamaño natural.

Kannon, a menudo erróneamente llamada diosa de la misericordia, es en realidad un bodhisattva budista cuya principal cualidad es la compasión. En el budismo, el término bodhisattva se aplica a aquellos que siguen el camino de la iluminación, tratando de alcanzar el nirvana. Son venerados, se les reza y se les dedican templos. Son el equivalente budista a los santos cristianos. Si el bodhisattva alcanza la budeidad (la verdad, el despertar espiritual, el nirvana) puede recibir el título honorífico de Buda.

Kannon es, por tanto, el nombre que dan los japoneses al bodhisattva Avalokiteśvara. Cuenta la leyenda que Avalokiteśvara renunció a alcanzar él mismo (o ella) la iluminación hasta que hubiera ayudado al resto de los seres sensibles en su propio camino hacia el nirvana. Para ello entró en una profunda meditación, con el objetivo de salvar a todos los seres desgraciados. Pero al salir de la meditación descubrió que sólo había logrado ayudar a una pequeña parte de los que sufrían, lo que le hizo empezar a dudar de que sus esfuerzos sirvieran realmente para algo. Al titubear, y tal como él mismo había jurado al hacer sus votos, su cuerpo empezó a romperse en pedazos. Pidió ayuda al buda Amitâbha, quien lo reconstruyó creando un nuevo cuerpo con mil brazos (para poder alcanzar a todos los que sufren) y diez cabezas (para poder escuchar todos sus lamentos). Sobre las diez cabezas le colocó la suya propia.

Junto al Sanjūsangen-dō

Junto al Sanjūsangen-dō

Por este motivo, este bodhisattva, que con frecuencia toma forma femenina, se suele representar con once cabezas y con numerosos brazos (típicamente 42: los dos habituales y 40 extra, los cuales, multiplicados por los 25 planos de existencia que considera el budismo, nos dan los 1000).

En el interior del templo no se pueden hacer fotos ni grabar vídeo (incluso amenazan con revisarte las cámaras y multarte), así que no tengo ninguna. Puedes ver alguna en la página web del templo: http://www.sanjusangendo.jp/b_1.html.

El templo también tiene un pequeño lago y algunos otros edificios.

Gion y Kiyomizu-dera

Tras la visita hemos cogido de nuevo el autobús y hemos ido al barrio de Gion, el barrio de las geishas (aunque ya adelantamos que no hemos visto ninguna). Desde la parada hemos ido andando hasta el templo Kiyomizu-dera, parando por los callejones del barrio y las calles empinadas. De camino hemos pasado por el santuario Yasaka y hemos aprovechado para visitarlo y hacer algunas fotos, ya que la entrada es gratis.

El santuario Yakusa

El santuario Yakusa

El barrio de Gion

El barrio de Gion

Kiyomizu-dera (“Templo del agua pura”) es un templo budista fundado en el año 778, aunque sus edificios se han incendiado en numerosas ocasiones. Los actuales son de 1633. El Hondō (salón principal) está designado como tesoro nacional y destaca por su enorme balconada de madera, a 13 metros sobre la colina, construida sin utilizar ni un solo clavo. Este voladizo dio pie a la expresión “saltar de la baranda de Kiyomizu” y hacía referencia a la leyenda de ver cumplido un deseo si sobrevivías a la caída.

La balconada de Kiyomizu-dera

La balconada de Kiyomizu-dera

La visita al templo la hemos hecho de noche, aprovechando que a finales de marzo y principios de abril el templo tiene también horario nocturno, algo que sólo ocurre unos pocos días al año. La visita nocturna, con el templo y la ciudad de fondo iluminada tiene su encanto. Aunque hacer fotos resulta complicado.

El camino está marcado y hay mucho personal asegurándose de que no te desvíes (no sea que yendo a oscuras te vayas a despeñar por un barranco). Casi al principio nos han llevado a un edificio en el que tenías que quitarte los zapatos y pagar ¥100 para entrar. Pensábamos que era para ver el interior, pero nos han dirigido hacia unas escaleras que bajaban con escasa iluminación que continuaban por un pasillo completamente a oscuras. A tientas, sin ver absolutamente nada, hemos ido avanzando por el pasillo hasta llegar a una piedra giratoria iluminada desde un agujero en el techo. Como no sabíamos muy bien que teníamos que hacer la hemos movido un poco y hemos continuado por el pasillo a oscuras hasta la salida.

Buscando después en internet hemos averiguado que, por lo visto, el edificio bajo el que hemos estado alberga una estatua de Daizuigu Bosatsu, la madre de Buda, y que el paseo a oscuras representa su útero. Se supone que Daizuigu Bosatsu puede conceder cualquier deseo, si lo formulas mientras giras la piedra, sobre la que está escrita la palabra “útero” en sánscrito.

La vuelta desde el templo es, naturalmente, cuesta abajo. El camino más corto de bajada te deja en la parada de autobús de Gojozaka, desde donde hemos vuelto a la estación de Kioto. Hemos tardado una media hora en poder coger un autobús. No porque no pasen, al contrario, pasan cada cinco minutos. El problema es que había muchísima gente en la parada y los autobuses venían muy llenos. Apenas se podían subir 3 o 4 personas en cada uno. 6 autobuses han tenido que pasar hasta que nos hemos podido subir a uno de ellos. Ya en la estación de Kioto hemos cogido otro shinkansen hasta Shin-Osaka. Aquí hemos comprado desayuno para mañana, para tomarlo en la habitación y ganar tiempo, puesto que queremos coger un tren tempranito.

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Sintoísmo y budismo

Las creencias más antiguas de los japoneses, transmitidas oralmente de generación en generación, dotan de alma o espíritu a todo lo que nos rodea, tanto lo físico (viento, lluvia, montañas) como lo que no lo es (fertilidad, sabiduría, etc). Estos espíritus se denominan kami, y son venerados como dioses. En la mitología japonesa existen miles de kami, algunos benévolos y otros malévolos. Además, cuando las personas fallecen, se convierten también en kami y son venerados por sus familiares. Al ser descendientes de estos espíritus, los japoneses deben vivir en armonía con ellos para que, de ese modo, los protejan. También tendrán que evitar la influencia de los malos espíritus, responsables de las malas acciones de las personas, purificándose constantemente.

Todo este conjunto de creencias y mitología es considerada la religión más antigua de Japón, a pesar de no tener un fundador o textos religiosos (escrituras). Se corresponden con las tradiciones habituales de los pueblos agrícolas, que veneran todo aquello que les proporciona su sustento: la lluvia, el sol, etc. Estas creencias fueron las únicas que existieron en Japón hasta la llegada del budismo durante el siglo VI. A la práctica del budismo se la denominó Butsudo, que significa “el camino del Buda”. Y para distinguir esta nueva religión de las creencias populares, se empezó a denominar Shintō a estas últimas. Este término procede de una palabra china que significa “El camino de los dioses”.

Sin embargo, a medida que el budismo se fue extendiendo por Japón, fue absorbiendo las creencias populares, y los kami acabaron incorporados al budismo como Budas (título honorífico que se concede a aquellos que han alcanzado la iluminación suprema) y los rituales de ambas religiones mezclados. No fue hasta finales del siglo XIX cuando el sintoísmo original fue “redescubierto” y utilizado por el renovado imperialismo que surgió tras la Restauración Meiji. Se convirtió entonces en la religión oficial del estado, con ritos reservados exclusivamente al emperador. Esta situación se mantuvo hasta 1946, donde una nueva constitución, nacida de la ocupación de Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, desposeyó al emperador de su estatus divino y abolió el sintoísmo como religión oficial.

Santuarios

Los lugares de culto del sintoísmo se denominan santuarios (jinja), lugares sagrados, donde pueden habitar uno o más kami. Muchos japoneses tienen santuarios en sus propias casas o establecimientos. Estos santuarios contienen símbolos sagrados que representan al kami. También es muy frecuente tener en casa un altar para honrar a los antepasados. E incluso hay santuarios portátiles, que se sacan en procesión en algunas de las numerosas festividades que existen para honrar y pedir la protección de los kami.

Los santuarios más grandes son recintos que albergan diversos edificios. Muchos de ellos disponen de una puerta torii, que delimita y separa el lugar sagrado del mundo exterior. Es el lugar por el que el kami entra en el santuario, por lo que las personas no deben cruzarla por el centro, sino por los laterales, cerca de las columnas. Suelen ser de color rojo, para ahuyentar a los malos espíritus. Algunos templos tienen varias puertas torii, que marcan el acceso a partes cada vez más sagradas, a medida que nos acercamos al corazón del templo o honden. En el honden, normalmente cerrado al público, se guardan los símbolos del kami, y es el lugar en el que morará el kami cuando se realicen los rituales adecuados para atraerlo al santuario.

La puerta torii es el principal símbolo de un santuario sintoísta y es lo que suele aparecer en los mapas para marcar su ubicación. Sin embargo, también se pueden encontrar a veces en templos budistas, fruto de la mezcla de religiones, aunque éstas suelen ser más pequeñas y se encuentran a la entrada del salón principal.

A ambos lados de la puerta torii o de la entrada al santuario se suelen encontrar dos estatuas guardianes llamados komainu. Habitualmente son leones (para algunos, perros), salvo en los templos dedicados a Inari, donde suelen ser zorros. También es habitual que los santuarios cuenten con un estanque que se cruza mediante un puente, y que sirve también de separación entre el lugar sagrado y el profano. En otros, para demarcar la zona sagrada se suele utilizar una cuerda de la que cuelgan tiras de papel en zigzag (shide) y que recibe el nombre de shimenawa.

Cerca de la entrada se suele situar también la fuente de purificación (temizuya), donde los fieles deben purificarse antes de rezar. El ritual de purificación consiste en lavar primero la mano izquierda, después la derecha y por último la boca (tomando un poco de agua y escupiendola en la base de la fuente, no tragándola). Para rezar hay que tocar la campana o el gong suavemente (para llamar la atención del kami), inclinarse dos veces y dar dos palmadas. Se reza con las palmas de las manos juntas a la altura del pecho y en silencio. El rezo termina con una última inclinación.

En el interior del santuario, además del honden, también puede encontrarse, a veces, una sala de ofrendas o haiden. Es en esta sala donde los sintoístas rezan y hacen sus ofrendas al kami. Algunos santuarios tienen incluso un escenario para realizar representaciones () o danzas (bugaku).

Es habitual que dentro del santuario se vendan diversos objetos que tienen como objetivo proporcionar suerte o evitar desgracias. Son muy típicas unas tablillas de madera llamadas ema en las que se escriben deseos para después dejarlas colgadas en el santuario con la esperanza de que se cumplan. Los omikuji siguen la misma línea. Son unas tiras de papel que predicen la fortuna (buena o mala) y que se suelen atar a un árbol para que se cumpla (o para evitarla, según corresponda).

En los santuarios sintoístas también se celebran con frecuencias bodas. Sin embargo, como la muerte se considera impura, los funerales suelen celebrarse por el rito budista.

Templos

Los templos (tera) son los lugares de culto del budismo. El kanji de la palabra templo también se pronuncia ji, por lo que es muy habitual que los nombres de los templos terminen en -ji o -dera. El budismo en Japón se ha mezclado con el sintoísmo tradicional durante siglos, lo que ha provocado que tanto en templos como en santuarios aparezcan elementos de ambas religiones. En los mapas, para distinguir los templos de los santuarios, los primeros se señalizan con una cruz esvástica levógira (la rama superior apunta a la izquierda) en posición horizontal, para distinguirla de la esvástica nazi, que es dextrógira y se presenta girada 45 grados. La cruz esvástica es un signo ancestral budista que simboliza la eternidad.

La entrada de los templos budistas está marcada por una puerta o sōmon. Esta puerta es la exterior, y suele preceder a una puerta más grande llamada sanmon, típica del budismo zen. Junto a la entrada se sitúan con frecuencia dos estatuas de guardianes Niō, protectores de Buda, de aspecto amenazador, para espantar a los malos espíritus (y a los ladrones). Uno de ellos, Agyō, tiene la boca abierta y simboliza el nacimiento. El otro, Ungyō, tiene la boca cerrada y representa la muerte.

En el interior se encuentran varios edificios, a veces situados en fila y otras rodeando un patio (al estilo de los palacios chinos). Entre estos edificios es habitual que haya una pagoda, de tres o cinco plantas, que es una especie de tumba donde se guardan las reliquias de un buda. Cerca se encuentra el salón principal del templo, un edificio que recibe el nombre de kondō, hondō o butsuden, dependiendo de la época en que se construyera el templo y de la rama del budismo al que pertenezca. Con frecuencia también se incluye un edificio que sirve de sala de estudios para los monjes y que se denomina kodo.

En los templos también suele haber una pequeña fuente, generalmente de piedra, que se utiliza para purificarse antes de la oración. La fuente se llama tsukubai, y el rito de purificación es similar al sintoísta, consistiendo en la limpieza de las manos y la boca. También suele haber un gran pebetero donde se quema incienso. Hay que atraer el humo hasta nuestra cara o cuerpo, aunque los supuestos motivos para hacer esto varían desde “disimular el olor corporal” hasta “proporcionar belleza”.

En los templos budistas japoneses también se venden todo tipo de amuletos y objetos para atraer la suerte, muy similares a los que se pueden encontrar en un santuario sintoísta. También se suelen vender en ambos unos libros con hojas en blanco que sirven para que, previo pago, te pongan el sello del templo o santuario, de forma que puedas demostrar haber estado en él. Los sellos se llaman shuin (“sello rojo”) y los libros shuin-cho.

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