Dorado y Plateado, con Filosofía

Kinkaku-ji

Hoy hemos vuelto a coger un tren hasta Kioto. Luego, en la estación de Kioto, hemos cogido el autobús 205 hasta Kinkaku-ji. El trayecto ha sido bastante largo, porque el templo está bastante lejos del centro.

Kinkaku-ji

Kinkaku-ji

El templo Rokuon-ji (“Templo del jardín de los ciervos”), conocido informalmente como Kinkaku-ji (“Templo del pabellón de oro”), fue construido en 1397 como villa de retiro del shogún Ashikaga Yoshimitsu y convertido  posteriormente en templo budista por su hijo. El pabellón dorado recibe ese nombre debido a que sus plantas superiores están recubiertas de pan de oro.

El pabellón ha sufrido varios incendios a lo largo de su historia, el último de ellos en 1950, provocado por un monje con trastornos mentales. El edificio actual es de 1955, y en 1987 se reemplazó todo el pan de oro. Actualmente se utiliza como almacén de reliquias sagradas de Buda.

Junto al pabellón hay un jardín con un estanque cuyas piedras representan la historia de la creación (según los budistas). La visita se realiza rodeando el lago y viendo el pabellón desde todos los ángulos.

De camino a la salida hay una casa de té donde hemos aprovechado para probar un té verde sentados en el suelo, acompañado con un pequeño bollito relleno de pasta de judía roja. Muy cerca de la casa de té está el Fudōdō, un pequeño templo dedicado a Fudō Myō-ō, una iracunda deidad budista que lucha contra el mal directamente en el infierno, por lo que se le suele conocer como el dios del fuego. Junto a este pabellón está el tenderete donde te ponen el sello del templo. Aquí aprovechan y te ponen de los dos (cobrándote el doble, claro).

Té verde

Té verde

Fudōdō

Fudōdō

Ginkaku-ji

Al salir del templo hemos tomado otro autobús, el 204, hacia otro templo, el Ginkaku-ji. Este templo está en la otra punta de la ciudad, por lo que el paseo también ha sido bastante largo. Junto a la parada del autobús comienza el paseo del filósofo, pero enseguida lo hemos abandonado para coger la calle que sube hacia el templo.

Ginkaku-ji

Ginkaku-ji

Ginkaku-ji (“templo del pabellón de la plata”) es como se denomina habitualmente al templo Jisho-ji. Fue construido en 1482 como villa de retiro del shogún Ashikaga Yoshimasa, aunque el pabellón plateado se terminó poco después de su muerte, en 1490. Fue convertido posteriormente en templo budista, según la última voluntad del propio Yoshimasa.

El pabellón de la plata se construyó emulando al Kinkaku-ji (“templo del pabellón dorado”), construido por el abuelo de Yoshimasa. Y aunque la intención era la de cubrirlo con láminas de plata, al final no se llegó a hacer (se piensa que por problemas de presupuesto). Así que, a pesar del nombre por el que aún se le conoce, el templo no es en absoluto plateado.

Los dos principales edificios del templo se quemaron a mediados del siglo XVI y fueron reconstruidos en el siglo XVII. Durante el siglo XVIII se añadieron otros dos de los edificios actuales.

Este pabellón es más pequeño y bastante más feo que el otro, pero el entorno en el que está es mucho más bonito, con cascadas de agua y puentes. Hay también un jardín zen de arena (o, más bien, pequeñas piedrecitas) colocada haciendo diversas formas. Una parte simula las olas del mar y el montón representa el monte Fuji.

Hay una zona más elevada desde la que se puede ver todo el complejo. Se accede por medio de un buen montón de escaleras. Aunque es opcional.

Jardín zen del Ginkaku-ji

Jardín zen del Ginkaku-ji

Estanque del Ginkaku-ji

Estanque del Ginkaku-ji

Vistas del Ginkaku-ji

Vistas del Ginkaku-ji

El paseo del filósofo

Udon con tempura de gambas

Udon con tempura de gambas

Bajando por la calle del templo, nos hemos metido en un pequeño restaurante que, además de las típicas mesas para comer sentado en el suelo, también tenían de la versión con sillas, para extranjeros. Hemos probado unos udon y un par de platos de arroz con carne. Estaba todo francamente bueno, aunque comer los udon con palillos no es tarea sencilla. A nuestro hijo le han traído una cuchara para el arroz.

Luego hemos vuelto al paseo del filósofo y lo hemos seguido recorriendo. Se trata de un camino de piedra que transcurre durante un kilómetro y medio junto a un canal delimitado por cerezos. El camino debe su nombre a Nishida Kitaro, un filósofo contemporáneo que paseaba a diario meditando por este lugar de camino a la universidad. El canal, que tiene 20 kilómetros de longitud en total, conecta con el lago Biwa. Fue construido durante el periodo Meiji y se utilizó para alimentar la primera planta hidroeléctrica de Japón.

El paseo es bastante bonito, aunque a los sakura (cerezos) ya casi no les queden flores. Cuando llevábamos algo más de la mitad del paseo, y viendo que es todo igual, hemos decidido desviarnos a la carretera principal para coger un autobús de vuelta a la estación de JR. Llevamos muchos kilómetros andados estos días y hay que ahorrar fuerzas para los que aún nos quedan por delante.

Paseo del filósofo

Paseo del filósofo

Más paseo del filósofo

Más paseo del filósofo

Al final ha resultado buena idea, porque nos hemos podido sentar sin problemas y luego, cuando hemos llegado a la parada más cercana al final del paseo del filosofo se ha llenado hasta los topes. Además, nos ha debido tocar el conductor kamikaze de Kioto, que no paraba de dar bandazos, frenazos y acelerones bruscos, provocando violentos desplazamientos en masa de los que iban de pie, alguno de los cuáles ha estado a punto de caerse sobre nosotros.

Hemos cogido otro shinkansen para volver a Shin-Osaka y hemos comprado algo de comida para cenar en el hotel. Toca poner otra lavadora y hacer las maletas, que mañana nos vamos a Hiroshima.

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Paseando entre ciervos

Hōryū-ji

Hoy hemos desayunado en la habitación, lo que nos ha permitido estar pronto en la estación sin tener que madrugar en exceso 😉 . Hemos cogido el exprés del aeropuerto hasta Tennoji y allí hemos cambiado a un regional hasta Horyuji.

Al templo se puede ir andando (está a unos 20 minutos), en autobús (el 72) o en taxi (se coge justo al lado de donde sale el autobús). Para tratar de ganar tiempo hemos cogido un taxi (a pesar de que el taxista insistía en explicarnos qué autobús teníamos que coger y que nos iba a salir más barato que el taxi). Al final nos ha costado ¥860 (frente a los ¥480, ¥190 adultos y ¥100 niños, que nos habría costado el autobús). Al taxi se sube por la izquierda y la puerta la abre y cierra el conductor (no hay que tocarla). No se deja propina.

Kondō y pagoda de Hōryū-ji

Kondō y pagoda de Hōryū-ji

Hōryū-ji es un templo budista fundado en el año 607 por el príncipe Shotoku. Alberga unos 50 edificios, algunos de los cuales, como el kondō (salón dorado), son los edificios de madera más antiguos del mundo. Aunque no datan del 607, porque un incendio provocado por un rayo destruyó el templo en el 670. No obstante, algunos edificios se conservan (con algunas restauraciones) desde el año 700.

La pagoda de cinco pisos, también del 700, es otro de los edificios de madera más antiguos. Contiene reliquias en sus cimientos, aunque es posible que no puedan ser recuperadas nunca sin provocar el derrumbamiento del edificio. Las plantas de la pagoda representan el ciclo de los cinco elementos: de abajo a arriba, tierra, metal, agua, madera y fuego.

El templo estaba inicialmente dedicado a Yakushi, el Nyorai de la curación. Nyorai es la traducción al japonés del término sánscrito Tathagata, que es un título honorífico que se otorga a los que alcanzan la iluminación (como el título Buda pero más importante, porque Tathagata era como se refería a sí mismo el Buda histórico). Yakushi es el nombre japonés de Bhaiṣajyaguru, buda de la medicina.

Detalle del kondō

Detalle del kondō

La entrada incluye tres zonas, aunque se pueden pagar por separado. Saiin Garan (“recinto del oeste”) incluye la pagoda (Goju-no-To) y el salón principal (kondō), donde están las esculturas a las que está dedicado el templo. En el Daihōzoin está el museo con los tesoros del templo y el “salón del alma del príncipe Shotoku”, donde nos han puesto el sello del templo en el libro. Luego hay que andar un poco hasta el Toin Garan (“recinto del este”), donde se encuentra el Yumedono (“salón de las visiones”), un templo de forma octogonal dedicado a la memoria del príncipe. Conviene asegurarse de haber visto todo lo deseado antes de salir de cada zona, porque luego no podrás volver a entrar, aunque en el plano parezca que hay caminos.

Al salir del templo hemos encontrado en una parada de autobús instrucciones sobre dónde coger el autobús de vuelta a la estación de JR. Aquí el autobús va como en Kioto: te subes por atrás y pagas al salir. Se suponía que había que coger un ticket que luego serviría para determinar cuánto pagar, pero no hemos visto dónde. Puede que estuviéramos en una zona de tarifa única. Se paga y se sale por delante. Hay que meter el dinero exacto en monedas, pero hay una máquina para cambiar billetes de 1000 yenes justo al lado.

Yumedono

Yumedono

Los ciervos de Nara

Hemos cogido el tren para seguir un par de estaciones más hasta Nara y hemos comido en la estación. Luego, siguiendo las recomendaciones de la chica de la oficina de información turística, hemos cogido el autobús de la línea 2 (circular) en la parada 1 de la estación y nos hemos bajado en Daibutsuden Kasuga Taisha mae, una parada que queda a la misma distancia de los dos sitios que queríamos visitar: el templo Tōdai-ji y el santuario Kasuga Taisha.

Ciervos en Nara

Curiosamente, los autobuses en Nara (o, al menos, los de la línea circular, que tienen un precio fijo) funcionan de forma diferente a los de Kioto. Aquí te subes por delante y pagas al subir. Tienes que pagar en monedas, el precio exacto, y no hay máquina para cambiar en el autobús. Así que hay que preparar moneditas: ¥210 los adultos y ¥110 los niños.

Hemos decido ir primero al santuario Kasuga porque, según ponía en los carteles, cierra antes. Aunque puede que sólo cierren antes algunas zonas concretas, tampoco nos íbamos a arriesgar.

De camino al santuario se atraviesa parte del Parque de Nara, que está plagado de ciervos en libertad. En esta época del año los machos han perdido ya la cornamenta y están, en general, bastante tranquilos. Les puedes dar de comer sin muchos problemas (si no lo haces donde haya grupos grandes, para que no vayan todos a por ti) y muchos se dejan incluso acariciar. La forma adecuada de darles de comer es hacerles un saludo, esperar a que te respondan (el ciervo, lo creas o no, te devuelve el saludo) y luego darles la comida. Aunque si compras un paquete de unas obleas grandes que les encantan y si te ven 7 u 8 de ellos no vas a tener tiempo para rituales, porque se te van a echar todos encima. Las obleas las venden cerca de la entrada del Tōdai-ji, por lo que, como era de esperar, allí es donde hay más ciervos y más pendientes de lo que llevas en las manos. Es mejor darles de comer a los están algo más lejos, que son mucho más  pacíficos.

Uno de los muchos ciervos

Uno de los muchos ciervos

Ciervos al ataque

Ciervos al ataque

El ciervo que nos llevamos a casa

El ciervo que nos llevamos a casa

Kasuga Taisha

Faroles de piedra

Faroles de piedra

El Kasuga Taisha (“Gran santuario Kasuga”) fue fundado en el año 768 por la familia Fujiwara. Los Fujiwara son un poderoso clan cuyos miembros siempre han tenido cargos muy cercanos al emperador, llegando a ser los auténticos gobernantes de Japón durante el periodo Heian (794-1185), y manteniendo su influencia incluso hasta el siglo XX, emparentándose con la familia imperial mediante matrimonios concertados.

El santuario se ubica a los pies de las montañas sagradas de Nara, Kasugayama y Mikasayama. Lo que más destaca es la enorme colección de faroles que alberga, donados por los fieles. Los del camino de acceso son de piedra y se apoyan sobre pilares. Los que cuelgan de los edificios son de bronce. Se estima que hay unos tres mil faroles (dos mil de piedra y mil de bronce). Antiguamente se encendían todos cada noche, pero ahora sólo se hace ciertos días al año.

Faroles de cobre

Faroles de cobre

Faroles encendidos

Faroles encendidos

El santuario está dedicado, entre otros, a Amenokoyane, el kami a quien la diosa Amaterasu encargó la custodia del espejo divino, y a quien los Fujiwara consideran un ancestro.

El santuario se visita mediante un recorrido marcado, aunque no es tan estricto como en otros sitios y puedes ir un poco más a tu aire. Del santuario sale un camino rodeado de faroles que serpentea por la montaña, pero nosotros hemos vuelto por el mismo camino por el que hemos subido para llegar a Tōdai-ji con tiempo para ver el templo antes de que lo cerraran.

Tōdai-ji

El edificio que alberga el daibutsu

El edificio que alberga el daibutsu

Lo más destacable del templo Tōdai-ji es la enorme estatua de bronce de Buda (llamada daibutsu, “gran buda”) que hay dentro, de unos 15 metros de altura. Se trata del Nyorai Dainichi (Buda Vairóchana). El edificio que la alberga, de unos 50 metros de alto, es considerado la construcción de madera más grande del mundo.

El templo y la estatua originales son de mediados del siglo VIII, pero ambos han sido reconstruidos en varias ocasiones, debido a los daños por terremotos e incendios tan habituales en Japón.

Uno de los pilares del edificio tiene un agujero en su base, del mismo tamaño que el orificio de la nariz de la estatua. Se supone que si puedes pasar a través de él alcanzarás la iluminación.

Destaca la Nandaimon (“gran puerta del sur”), de 20 metros de altura, construida en 1199. Hay también una torre (shōrō) que contiene la campana más grande de todo Japón (3,87m de altura y 3,71m de diámetro), construida en el año 752.

Daibutsu

Daibutsu

La pagoda del Kōfuku-ji

La pagoda del Kōfuku-ji

Curiosamente, dentro de este templo sí que se pueden hacer fotografías. Así que hemos aprovechado para sacar fotos del buda y de nuestro hijo pasando por dentro de la columna (algo bastante fácil para él, dado su tamaño).

Desde el templo nos hemos vuelto hasta la estación dando un paseo, viendo los puestos de souvenirs y disfrutando del parque. A mitad de camino hay otro templo, el Kōfuku-ji, que ya estaba cerrado, pero que tiene una pagoda de cinco pisos. Hemos hecho un par de fotos y hemos seguido hasta la estación de JR. Antes de coger el tren hemos aprovechado para cenar unos yakitori que hemos cogido en un pequeño restaurante de comida para llevar al que le habíamos echado el ojo por la mañana. Nos los hemos comido allí mismo en una pequeña barra que tienen detrás. Estaban deliciosos.

Luego hemos vuelto al hotel en tren, haciendo escala en la estación de Osaka.

Yakitori

Yakitori

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Templos y santuarios en Kioto

Hoy nos hemos levantado algo más tarde. Hemos bajado cuando ya casi se estaba terminando el tiempo del desayuno. Aún así, en cuanto nos han visto llegar nos han sacado tostadas y nos han repuesto de casi todo lo que se había terminado (excepto leche). Pensábamos que tendríamos que coger el desayuno en la estación, pero al final no ha hecho falta. Hoy había una especie de ensaladilla rusa que estaba bastante buena. Y la riquísima sopa de miso que tienen siempre, claro.

Fushimi Inari-taisha

La entrada a Fushimi Inari

La entrada a Fushimi Inari

Nos hemos ido a la estación y hemos cogido un shinkansen hasta Kioto. Allí hemos cambiado a un tren regional para ir hasta Inari. El santuario está justo frente a la estación.

El santuario Fushimi Inari-taisha fue construido en el siglo VIII por el clan Hata y es el principal centro de culto al kami Inari en Japón. Inari es el kami del arroz y del sake, aunque a medida que el papel de la agricultura en la economía japonesa fue disminuyendo, pasó a ser también el kami de todo tipo de negocios. El culto a Inari es el más extendido de Japón. Se estima que una tercera parte de los santuarios de todo Japón están dedicados a este kami (por lo que se ve, entre salud, dinero y amor, los japoneses tienen bastante claro con qué se quedan). Con frecuencia comerciantes, hombres de negocios o las propias empresas donan barriles de sake y puertas torii en agradecimiento al kami por lo bien que les ha ido. Y la mayoría de estas puertas torii acaban aquí, donde miles de ellas (literalmente) forman un interminable camino que serpentea por la montaña, detrás del santuario.

Un kitsune con la llave del granero

Un kitsune con la llave del granero

Otro de los elementos típicos de este santuario (y de otros muchos consagrados a Inari) son las estatuas de zorros. El zorro (kitsune) se considera el mensajero del kami y protector de las cosechas, por lo que con frecuencia se lo representa con un rollo de papel en la boca o custodiando las llaves del granero.

El complejo se sitúa en la ladera de una montaña y abarca numerosas construcciones. Aunque se empezó a construir en 711, el santuario principal no se construyó hasta 1499.

Nos hemos hinchado a hacer fotos de puertas torii. También hemos comprado un libro de sellos de templos y santuarios y nos han escrito el nombre del santuario en él. A partir de ahora iremos poniendo el sello de cada templo que visitemos en el libro, a 300 yenes cada uno, eso sí.

Unas pocas puertas torii

Unas pocas puertas torii

Unas pocas puertas torii más

Unas pocas puertas torii más

Dos de los primeros sellos

Dos de los primeros sellos

Sanjūsangen-dō

Nos hemos cogido de nuevo el tren hasta la estación de Kioto y desde allí nos hemos ido a un centro comercial cercano a comer. Hemos escogido un buffet libre que tenía tanto comida japonesa como occidental y hemos aprovechado para probar un montón de cosas (que no tenemos ni idea de cómo se llaman, y casi ni qué son). Luego hemos vuelto a la estación a coger un autobús que nos ha llevado a Sanjūsangen-dō. Coger autobuses aquí resulta bastante sencillo. Todo está indicado en inglés además de en japonés y el autobús lleva una pantalla donde se indica cada parada. Hay que tener en cuenta que al autobús se sube por detrás y se sale por delante. Como nosotros compramos billetes válidos para todo el día, hemos tenido que meterlos en la máquina para que les pusieran la fecha. Las siguientes veces basta con enseñarlos.

Probando entrantes japoneses

Probando entrantes japoneses

Degustación de postres

Degustación de postres

Sanjūsangen-dō

Sanjūsangen-dō

Sanjūsangen-dō (“Salón con treinta tres espacios entre columnas”) es el nombre con el que se conoce popularmente al templo Rengeō-in. El nombre hace referencia a las dimensiones del edificio principal que, con sus 120 metros, es considerado el edificio de madera más largo del mundo. En su interior se encuentra una impresionante estatua de Kannon, flanqueada por otras no menos impresionantes 1000 estatuas más de Kannon a tamaño natural.

Kannon, a menudo erróneamente llamada diosa de la misericordia, es en realidad un bodhisattva budista cuya principal cualidad es la compasión. En el budismo, el término bodhisattva se aplica a aquellos que siguen el camino de la iluminación, tratando de alcanzar el nirvana. Son venerados, se les reza y se les dedican templos. Son el equivalente budista a los santos cristianos. Si el bodhisattva alcanza la budeidad (la verdad, el despertar espiritual, el nirvana) puede recibir el título honorífico de Buda.

Kannon es, por tanto, el nombre que dan los japoneses al bodhisattva Avalokiteśvara. Cuenta la leyenda que Avalokiteśvara renunció a alcanzar él mismo (o ella) la iluminación hasta que hubiera ayudado al resto de los seres sensibles en su propio camino hacia el nirvana. Para ello entró en una profunda meditación, con el objetivo de salvar a todos los seres desgraciados. Pero al salir de la meditación descubrió que sólo había logrado ayudar a una pequeña parte de los que sufrían, lo que le hizo empezar a dudar de que sus esfuerzos sirvieran realmente para algo. Al titubear, y tal como él mismo había jurado al hacer sus votos, su cuerpo empezó a romperse en pedazos. Pidió ayuda al buda Amitâbha, quien lo reconstruyó creando un nuevo cuerpo con mil brazos (para poder alcanzar a todos los que sufren) y diez cabezas (para poder escuchar todos sus lamentos). Sobre las diez cabezas le colocó la suya propia.

Junto al Sanjūsangen-dō

Junto al Sanjūsangen-dō

Por este motivo, este bodhisattva, que con frecuencia toma forma femenina, se suele representar con once cabezas y con numerosos brazos (típicamente 42: los dos habituales y 40 extra, los cuales, multiplicados por los 25 planos de existencia que considera el budismo, nos dan los 1000).

En el interior del templo no se pueden hacer fotos ni grabar vídeo (incluso amenazan con revisarte las cámaras y multarte), así que no tengo ninguna. Puedes ver alguna en la página web del templo: http://www.sanjusangendo.jp/b_1.html.

El templo también tiene un pequeño lago y algunos otros edificios.

Gion y Kiyomizu-dera

Tras la visita hemos cogido de nuevo el autobús y hemos ido al barrio de Gion, el barrio de las geishas (aunque ya adelantamos que no hemos visto ninguna). Desde la parada hemos ido andando hasta el templo Kiyomizu-dera, parando por los callejones del barrio y las calles empinadas. De camino hemos pasado por el santuario Yasaka y hemos aprovechado para visitarlo y hacer algunas fotos, ya que la entrada es gratis.

El santuario Yakusa

El santuario Yakusa

El barrio de Gion

El barrio de Gion

Kiyomizu-dera (“Templo del agua pura”) es un templo budista fundado en el año 778, aunque sus edificios se han incendiado en numerosas ocasiones. Los actuales son de 1633. El Hondō (salón principal) está designado como tesoro nacional y destaca por su enorme balconada de madera, a 13 metros sobre la colina, construida sin utilizar ni un solo clavo. Este voladizo dio pie a la expresión “saltar de la baranda de Kiyomizu” y hacía referencia a la leyenda de ver cumplido un deseo si sobrevivías a la caída.

La balconada de Kiyomizu-dera

La balconada de Kiyomizu-dera

La visita al templo la hemos hecho de noche, aprovechando que a finales de marzo y principios de abril el templo tiene también horario nocturno, algo que sólo ocurre unos pocos días al año. La visita nocturna, con el templo y la ciudad de fondo iluminada tiene su encanto. Aunque hacer fotos resulta complicado.

El camino está marcado y hay mucho personal asegurándose de que no te desvíes (no sea que yendo a oscuras te vayas a despeñar por un barranco). Casi al principio nos han llevado a un edificio en el que tenías que quitarte los zapatos y pagar ¥100 para entrar. Pensábamos que era para ver el interior, pero nos han dirigido hacia unas escaleras que bajaban con escasa iluminación que continuaban por un pasillo completamente a oscuras. A tientas, sin ver absolutamente nada, hemos ido avanzando por el pasillo hasta llegar a una piedra giratoria iluminada desde un agujero en el techo. Como no sabíamos muy bien que teníamos que hacer la hemos movido un poco y hemos continuado por el pasillo a oscuras hasta la salida.

Buscando después en internet hemos averiguado que, por lo visto, el edificio bajo el que hemos estado alberga una estatua de Daizuigu Bosatsu, la madre de Buda, y que el paseo a oscuras representa su útero. Se supone que Daizuigu Bosatsu puede conceder cualquier deseo, si lo formulas mientras giras la piedra, sobre la que está escrita la palabra “útero” en sánscrito.

La vuelta desde el templo es, naturalmente, cuesta abajo. El camino más corto de bajada te deja en la parada de autobús de Gojozaka, desde donde hemos vuelto a la estación de Kioto. Hemos tardado una media hora en poder coger un autobús. No porque no pasen, al contrario, pasan cada cinco minutos. El problema es que había muchísima gente en la parada y los autobuses venían muy llenos. Apenas se podían subir 3 o 4 personas en cada uno. 6 autobuses han tenido que pasar hasta que nos hemos podido subir a uno de ellos. Ya en la estación de Kioto hemos cogido otro shinkansen hasta Shin-Osaka. Aquí hemos comprado desayuno para mañana, para tomarlo en la habitación y ganar tiempo, puesto que queremos coger un tren tempranito.

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Palacios en Kioto

Hoy hemos desayunado espaguetis con tomate. Se ve que tienen que poner algo occidental en el desayuno, pero no parece que tengan muy claro qué se suele desayunar en occidente. O eso o, simplemente, buscan platos parecidos a los que toman ellos en el desayuno y te los plantan. La cosa es que estaban muy buenos, con sus salchichas y todo 😉 .

Nos hemos cogido un tren hasta Kioto y allí hemos comprado billetes de un día para el metro (para hoy) y billetes de autobús para dos días (para algunos de los siguientes tres días, ya veremos). Hoy tenemos planificadas visitas a las que se llega bien en metro y para el resto de días nos podremos apañar sólo con el autobús.

El palacio imperial de Kioto

De gala para visitar el palacio

De gala para visitar el palacio

Nos hemos ido hasta la parada de Imadegawa, que te deja muy cerca de la puerta de entrada al recinto del palacio imperial de Kioto. Normalmente el palacio sólo se puede visitar con guía, y casi todos los grupos son en japonés, salvo un par de ellos, a horas muy concretas, que son en inglés. Si vas con tiempo puedes reservar para el mismo día, aunque también se puede reservar por Internet. Sin embargo, en primavera hay unos cuantos días de puertas abiertas en los que puedes visitar el palacio por tu cuenta, sin tener que reservar grupo. Este año es del 9 al 13 de abril, así que lo hemos aprovechado.

El Kyoto Gosho o palacio imperial de Kioto fue construido en el año 794, y fue la residencia del emperador hasta que se trasladó la capital a Tokio en 1869, durante la Restauración Meiji. Durante esos mil años el palacio ha sido destruido y reconstruido en numerosas ocasiones, debido a guerras e incendios. El palacio actual es de 1855, y se construyó tratando de reproducir el estilo del palacio original.

El palacio se sitúa en un terreno amurallado llamado Kyōto Gyoen, de 1,3 x 0,7 kilómetros, en el que también se encuentra la residencia oficial (Daidairi), la del emperador retirado (Sento), los jardines y la universidad Doshisha, una universidad privada fundada en 1875.

Shishinden

Shishinden

La visita del palacio se realiza en una ruta marcada. Te dan un panfleto con el recorrido y explicaciones de lo que es cada cosa (aunque hay carteles por el camino que cuentan lo mismo). Sólo se visita el exterior del palacio. No se entra en ninguno de los edificios. Esto es siempre así, no tiene relación con los días de puertas abiertas. Digamos que las puertas las abren, pero un poquito sólo 🙂 .

El palacio es bastante austero, para lo que entendemos por palacio en Europa. Destacan algunas pinturas en las paredes de las salas y las puertas de los edificios son espectaculares. Los jardines nos han gustado mucho también, con el lago y los puentes.

También había montones de puestos vendiendo souvenirs y productos típicos, principalmente dulces. Suponemos que estaban con motivo de las jornadas de puertas abiertas. Hemos comprado alguna cosilla y hemos probado todo lo que nos han puesto por delante. Estaba casi todo bastante rico, aunque hay que tener cuidado con las cosas verdes 😉 .

Puente Keyakibashi

Puente Keyakibashi

Jardín Gonaitei

Jardín Gonaitei

Al salir del recinto del palacio nos hemos dirigido a la estación Marutamachi del metro de Kioto, que se supone que queda más cerca que en la que nos bajamos al venir. Pero teniendo en cuenta todo lo que hemos andado, rodeando el exterior del recinto, seguramente nos habría salido más a cuenta volver a la misma estación por la que llegamos. Es más, con la caminata y el calor que hacía (menudo día se ha quedado, por cierto) hemos tenido que hacer una parada técnica y tomarnos un helado junto a la boca del metro.

El castillo de Nijo

Jardín del Ninomaru

Jardín del Ninomaru

Nos hemos ido en metro hasta la parada Nijojo-mae, que te deja mucho más cerca del castillo que, paradójicamente, la que se llama sólo Nijo.

El castillo de Nijō (Nijō-jō) fue construido a principios del siglo XVII por Tokugawa Ieyasu, y fue la residencia oficial del shogún durante el shogunato Tokugawa, que perduró durante más de 250 años.

Consta de varios edificios aunque algunos de ellos se destruyeron, como el castillo central (donjon), al que le cayó un rayo, o el palacio interior que quedó destruido en un incendio en 1788, provocando que el castillo quedara abandonado durante más de un siglo. El resto, sin embargo, se ha conservado hasta nuestros días.

El castillo tenía originalmente dos murallas, cada una rodeada de un foso. La más interna rodea al Honmaru (ciudadela interior) y entre ambas se encuentra el Ninomaru (segunda ciudadela) y el resto de edificios y jardines.

El Ninomaru es el palacio más grande. Tiene más de 30 habitaciones, cada una de ellas decorada según su función, incluyendo las de la guardia personal del shogun, formada exclusivamente por mujeres. El suelo de los pasillos de este palacio recibe el nombre de uguisu-bari o pisos de ruiseñor, porque hacen un sonido similar al piar de los pájaros cuando los pisas, alertando así de la presencia de posibles asesinos. En este edificio sí que se puede entrar (quitándose los zapatos), pero sólo a los pasillos exteriores, viendo las habitaciones y las preciosas pinturas de las paredes desde las puertas. En algunas habitaciones hay unos maniquíes que representan escenas cotidianas de la vida en palacio.

Hay varios jardines, bastante bonitos también. De ellos, el Seiryū-en es bastante posterior. Fue construido en 1965 como lugar de recepción de las visitas oficiales a la ciudad. Hoy estaba cerrado.

Torre del castillo de Nijo

Torre del castillo de Nijo

Una de las puertas del castillo de Nijo

Una de las puertas del castillo de Nijo

Comiendo a la japonesa

Al terminar el castillo ya llevábamos un retraso considerable respecto a la planificación prevista para el día. En parte porque hemos madrugado algo menos de lo previsto y, sobre todo, porque nos hemos tomado las visitas con calma, disfrutando de cada sitio. Al fin y al cabo, se trata de eso ¿no?

Takoyaki

Takoyaki

Nos hemos vuelto a la estación de Kioto con la intención de comer allí, que hay bastantes restaurantes. Pero, siendo ya más de las cuatro de la tarde, no nos ha quedado otra que recurrir a la comida rápida (que suele tener un horario más amplio), pero japonesa: takoyaki. Son una especie de croquetas con trozos de pulpo, en forma y tamaño de pelotas de golf. Las sirven con diversas cosas por encima: salsa barbacoa, mayonesa, huevo cocido mezclado con la yema y alguna otra salsa, etc. Los hemos escogido por la foto, sin saber muy bien qué eran o qué llevaban. Al menos, la persona que nos ha atendido nos ha preguntado antes de poner el picante y hemos podido evitarlo. Estaban bastante buenos.

Al final hemos decidido dejar para otro día la visita al santuario de Inari, porque apenas hemos dormido seis horas estos días y si seguimos así no llegamos al fin de semana, y todavía queda mucho viaje. Así que nos hemos comprado unas ekiben para cenar, que son las cajitas de comida (bento) que se venden en las estaciones de tren, unos dorayaki y un sándwich de tonkatsu (cerdo empanado) y nos hemos vuelto al hotel.

Al pedir la llave nos han dado un mensaje que nos han dejado de los Estudios Universales. Lo malo es que no han dicho si han encontrado la sudadera o no. Sólo han dejado un número de teléfono y el horario en que podemos llamar (de oficina). No tenemos muy claro qué vamos a hacer. En ese horario estamos siempre visitando lugares y no tenemos muy claro si vamos a conseguir entendernos con ellos por teléfono (si en persona ya cuesta…). Y luego, si resulta que la han encontrado, tendríamos que ir hasta allí a recogerla, lo que puede suponer más de una hora en desplazamientos, tiempo que tendríamos que quitarle a otra cosa que queramos ver. Si a eso le sumamos que la sudadera seguramente ya no le valdrá a nuestro hijo el próximo invierno… me parece que se van a quedar con ella. Ya veremos.

Como teníamos algo más de tiempo hemos probado el servicio de lavandería del Toyoko y hemos lavado lo que habíamos manchado hasta ahora (que, con un niño, es bastante más de lo que cabría esperar). Ya estamos listos para los siguientes días de visitas, que vienen cargaditos.

Dorayaki

Dorayaki

Ekiben

Ekiben

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Osaka Universal Studios

Hoy ha sido uno de esos días que conviene intercalar cuando viajas con niños: parque de atracciones.

Pero empecemos por el principio. No hemos conseguido bajar a desayunar más pronto que ayer, pero hemos tenido menos problemas de existencias. De todas formas, hemos cogido de todo nada más llegar, por si luego no había. Hoy sí que había tostadas y nos las hemos tomado con el aceite de oliva que nos hemos traído (así hacemos una adaptación gradual al cambio de alimentación). Entre lo que había para desayunar destacan una especie de albóndigas pequeñitas que estaban deliciosas. Hoy no hemos visto nada de bollería.

Hemos cogido el tren siguiendo las instrucciones de Hyperdia y nos hemos ido, haciendo transbordo en Osaka, hasta la estación Universal City, donde están los Estudios Universales de Osaka, el parque temático de la productora de cine.

Una de las calles del parque

Una de las calles del parque

Al comprar las entradas nos hemos encontrado con un problema: la banda magnética de la tarjeta de crédito con la que queríamos pagar estaba mal (como la de casi todas las tarjetas que llevamos) y no podían utilizarla. Ni tienen soporte para tarjetas con chip ni pueden (o saben/quieren) meter el número manualmente. Para pagar ayer el hotel no tuvimos problema, pero hoy hemos tenido que probar varias tarjetas hasta dar con una que tuviera bien la banda. Y nos ha pasado lo mismo cada vez que hemos intentado pagar con tarjeta tanto dentro del parque como en las tiendas que hay de camino al metro. Ojito con esto.

El parque está bastante bien aunque no es muy grande. Hemos cogido un pase exprés para 4 atracciones, aunque igual nos lo podíamos haber ahorrado, porque no había apenas gente. Al menos por la mañana. Luego han ido llegando estudiantes, según iban saliendo de clase, la mayoría directamente en uniforme. Aún así, el máximo tiempo de espera que hemos visto en una atracción ha sido de 50 minutos. Hemos escogido un buen día para visitar el parque.

Las atracciones están bastante bien, aunque, a pesar de que muchas incluyen “the ride” en el nombre, tan solo dos de ellas son realmente montañas rusas. El resto son simuladores o cines 4D (algunos desde vehículos que se desplazan).

Espectáculo Waterworld

Espectáculo Waterworld

Aún así nos lo hemos pasado estupendamente, disfrutando de las atracciones, el espectáculo basado en la película de Waterworld y un larguísimo y espectacular desfile donde todas las carrozas están iluminadas con miles de LEDs.

La única nota negativa es que nuestro hijo ha perdido su sudadera, creemos que dejándosela en uno de los baños. Hemos preguntado por ella en objetos perdidos, pero no la habían llevado. Nos han tomado los datos y han quedado en avisarnos si la encuentran. Al final, como ya hacía algo de frío, le hemos acabado comprando otra en la tienda de Hard Rock que hay fuera del parque.

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Miradores y onsen en Osaka

Amanece nuestro primer día en Japón, para unos con más sueño que para otros. No hemos bajado demasiado tarde a desayunar, pero ya no quedaban tostadas y al poco se ha terminado la leche. Y aunque quede más de una hora de desayuno, no reponen. Habrá que madrugar más.

Al final, salvo por un par de bollos que hemos conseguido coger (3 de los 7 que han sacado, menuda cara nos han puesto), hemos tomado el desayuno japonés que incluye el Toyoko Inn: sopa de miso (riquísima), bloque de arroz, unas pequeñas salchichas que no estaban mal y una especie de revuelto con setas de sabor extraño. Zumo (de manzana) y café. No está del todo mal, aunque a nuestro hijo hemos tenido que completárselo un poco con bizcochos que llevábamos en la maleta.

Osaka Unlimited Pass

Para ir a la estación hemos cogido una ruta diferente a la que tomamos ayer para venir. Es por donde tendríamos que haber venido si hubiéramos salido por la puerta correcta. El camino ha resultado más sencillo y corto. A ver si ya no nos liamos más.

Una vez en la estación de Shin-Osaka nos hemos puesto a buscar la oficina de información para comprar el Osaka Unlimited Pass, una especie de abono de transportes que sirve para el metro y los autobuses (que no están incluidos en el JR Pass) y que también incluye entrada gratuita para bastantes sitios y descuentos para algunos otros más. Cuando ya pensábamos que nos habíamos vuelto a liar hemos visto un cartel, en un local cerrado, que decía que la oficina cerró el pasado 31 de marzo y que fuéramos a la de Umeda o a la de Namba. Así que nos hemos cogido un tren de JR a Osaka (la estación de Umeda, que es de otra empresa, está justo al lado) y nos hemos puesto a buscar la oficina de información. Ha costado un poco encontrarla, pero finalmente hemos podido comprar los pases. Sólo hemos cogido los de adulto, porque para los niños no suele salir rentable.

El jardín flotante y la Ferris Wheel

Ya que estábamos allí, hemos alterado un poco la ruta prevista y nos hemos ido andando a ver el Jardín flotante, en el Umeda Sky Building, que de jardín no tiene nada. Es una plataforma suspendida entre las dos torres del edificio, a unos 170 metros de altura, desde donde se puede ver buena parte de la ciudad de Osaka. En una de las esquinas hay una zona donde las parejas enganchan candados en forma de corazón, suponemos que como símbolo de su amor. Había miles de ellos.

La Ferris Wheel

La Ferris Wheel

Luego nos hemos acercado al centro comercial Hep Five, que está también cerca de la estación de Umeda, y tiene una noria en la séptima planta, llamada Ferris Wheel. Al entrar nos ha sorprendido ver a las chicas de información del centro soltando la misma frase una y otra vez a todos los que pasaban, al tiempo que hacían unos extraños gestos con las manos. No tenemos claro si era lenguaje de signos o una especie de coreografía, pero no paraban de repetirlo con una sonrisa de oreja a oreja.

La noria está chula. Va despacito y te subes en marcha. Sube bastante por encima y fuera del edificio. Son cabinas cerradas, así que no hay problemas para los que sufran de vértigo.

Las vistas de Osaka

Las vistas de Osaka

El castillo de Osaka

El castillo de Osaka

El castillo de Osaka

Después hemos cogido el metro en Higashi-Umeda, cerca del centro comercial, para ir al castillo de Osaka (parada Tanimachi 4-chome). A nuestro hijo le hemos comprado un abono de metro de un día. La salida del metro hacia el castillo es la 1B y luego hay que ir hacia la izquierda. Primero hay que atravesar un pequeño parque y luego el camino se bifurca. A la izquierda quedan los jardines Nishinomaru y a la derecha, rodeando el foso interior, está la entrada al recinto en el que se encuentra el castillo. Los jardines no tienen gran cosa, pero se pueden hacer unas fotos preciosas del castillo con los cerezos en primer plano.

El castillo original de Osaka se construyó a finales del siglo XVI, poco después del final del shogunato Ashikaga. Lo hizo construir Toyotomi Hideyoshi, discípulo y sucesor de Oda Nobunaga (quien había puesto fin al segundo shogunato). El castillo sufrió un asedio en 1615, a manos del clan Tokugawa, fundadores del tercer shogunato. El castillo fue incluso bombardeado, pero apenas sufrió daños. Los Tokugawa construyeron una segunda torre y fortalecieron y armaron el castillo, pero varios incendios provocados por rayos lo destruyeron poco después (es el riesgo de llenar de explosivos un castillo de madera). No fue remodelado hasta el siglo XIX, para ser destruido de nuevo durante la Reconstrucción Meiji. Una nueva reconstrucción de 1928 fue también destruida durante la Segunda Guerra Mundial. El castillo actual es una restauración de finales del siglo XX. Esperemos que éste, al ser de cemento, dure algo más.

Hay que tener en cuenta que el castillo actual es en realidad un museo moderno disfrazado de castillo. Lo que quiere decir es que aunque por fuera tiene la apariencia del castillo original, por dentro es un edificio moderno (incluso tiene ascensores). El museo tiene unos vídeos proyectados sobre maquetas que muestran escenas de la historia del castillo y sus moradores, aunque sólo en perfecto japonés. También hay armaduras y documentos oficiales. Lo único que merece algo la pena es subir a la última planta, que es un mirador.

La torre Tsutenkaku

La torre Tsutenkaku

La torre Tsutenkaku

En nuestra planificación habíamos incluido también un paseo en barco por el canal Dotonbori, gratis también con el Unlimited Pass, pero no queríamos que se nos hiciera tarde para ir al onsen (tiene una zona que cierra antes) así que nos lo hemos saltado. Nos hemos cogido de nuevo el metro, hasta la parada Ebisuchu, para subir a la torre Tsutenkaku (“la torre que roza al cielo”).

La torre original, de principios del siglo XX, formaba parte de un parque de atracciones y tenía una forma más parecida a la de la torre Eiffel (que se ve que gusta bastante por aquí). Esta torre fue desmantelada durante la Segunda Guerra Mundial para fabricar armas. Con la recuperación económica posterior a la guerra, Hitachi, junto con el ayuntamiento, construyó la torre actual en el mismo lugar donde se encontraba la anterior, con mayor altura y un diseño más moderno. Actualmente se utiliza como tablón de anuncios gigante.

La torre tiene un mirador desde donde ver, una vez más, las vistas de la ciudad. El resto son tiendas y todo tipo de merchandising de Billiken, el dios “de las cosas como deberían ser”. Aunque no es un auténtico dios hindú (como aparenta), sino una creación, a partir de un sueño, de una profesora de arte americana, que fue regalada a la ciudad de Osaka. El que se expone en la plataforma de observación es una copia, dado que el original se perdió cuando cerró el parque de atracciones. Hay que frotarle la planta de los pies (previa donación) para pedir deseos.

La obsesión por el muñequito raya la paranoia: tienen varias versiones, al estilo de las representaciones de Buda, te hacen fotos con él (que luego intentan venderte), tienen comics con el muñeco haciendo de superhéroe, todo tipo de comida con su forma, y una lista interminable de cosas más.

Japoneses jugando a un extraño juego de mesa

Japoneses jugando a un extraño juego de mesa

Spa World

SPA World (exterior, dentro no se permiten fotos)

SPA World (exterior, dentro no se permiten fotos)

Nuestra última parada del día ha sido el Spa World, un onsen tematizado con varias plantas y montones de zonas. Primero hemos ido los tres juntos, con bañador, a la zona familiar, que tiene una parte exterior (pero con el agua bien caliente), una zona interior con toboganes (se pagan aparte) y una zona infantil. Cuando han cerrado esa parte (antes de la hora que decían, por cierto) nos hemos ido a nuestras respectivas plantas, los hombres a una y las mujeres a otra, a probar todo tipo de piscinas, ya sin bañador. La vergüenza se pasa tras los primeros cinco minutos.

Cada piscina está en una zona ambientada según la temática de la planta. La de los hombres (en abril, se intercambian cada mes) es de Europa, con ambientes de Roma, Grecia, España (exterior), Atlántida, etc., y la de mujeres de Asia: Japón (al aire libre), Persia (muy bonita), Bali, etc. Te quedas como nuevo.

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Comienza la aventura

El centro multimedia de Emirates

El centro multimedia de Emirates

28 horas después de haber salido de casa, 17 de ellas de vuelo, hemos llegado a nuestro primer hotel en Japón, en Osaka. De los vuelos hay poco que decir: largos pero tranquilos, y con un sistema de entretenimiento a bordo que ha hecho innecesarios todos los gadgets con batería hasta los topes que llevábamos encima. Y la batería tampoco habría sido un problema, porque teníamos cargadores USB y de corriente normal en cada asiento.
Ninguna queja para Emirates.

El proceso de entrada en el país ha sido algo más lento, pasando de mostrador en mostrador. En el control de pasaportes había bastante cola y se nos ha ido más de una hora. Cambiar el dinero ha sido mucho más rápido, y el cambio mucho mejor que el que nos ofrecían en Baraj… digo, en el aeropuerto Adolfo Suárez. Digamos que cambiando en el aeropuerto de Kansai hemos conseguido 20 yenes más por cada uno de nuestros euros. Aunque podrían haber sido 21, si hubiéramos comparado precios entre las diferentes oficinas de cambio de la terminal. Resulta curioso como estando tan cerca unas de otras, todas en la misma planta, puedan ofrecer precios diferentes. No es que la diferencia sea abrumadora, pero puedes sacarle el máximo rendimiento a tu dinero dedicando cinco minutos a comparar.

Algo más de cinco minutos hemos tardado en recoger el router. Pero ha sido, sobre todo, porque la chica de información nos ha mandado al mostrador equivocado. Después de esperar la cola ha resultado que ellos eran de otras empresas. Nos han enviado al correcto que, por cierto, estaba vacío.

Oficina de JR en Shin-Osaka

Oficina de JR en Shin-Osaka

Lo de la oficina de JR, donde teníamos que canjear los pases, ha costado un poco más. Según la información que teníamos, la oficina tenía que estar en la primera planta, la misma por la que sales tras recoger las maletas y pasar la aduana. Pero después de buscarla un rato hemos preguntado y nos han mandado a la segunda, y saliendo de la terminal (al fresquito de la noche, con unos 10 grados). La oficina ha resultado estar justo frente a la entrada a la propia estación de tren de JR. El resto no ha debido de tener muchos problemas en encontrarla, porque la cola era enorme. Más de media hora (y sigue sumando) hemos tardado en tener nuestros pases y los billetes para el siguiente tren. Billetes, por cierto, que hemos intentado meter varias veces en los torniquetes, a pesar de que sabíamos que los billetes reservados con el JR Pass hay que enseñárselos al personal de la entrada (consecuencias de no dormir en dos días).

El tren ha llegado bien, aunque nos han hecho bajar nada más subirnos porque tenían que limpiarlo, al ser final de línea. Se ve que hoy vamos a cometer todos los errores del novato. Ya en el tren hemos aprovechado para probar el router y ver lo bien que funcionaba. Rápido y sencillo. Ya estamos online.

El siguiente error del día: interpretar incorrectamente el símbolo que apuntaba al norte en el plano de zona de la estación y salir por la puerta equivocada. Luego ha rematado la faena un amable japonés que se ha ofrecido a ayudarnos y que nos ha mandado en el sentido contrario al que debíamos ir. Total: 10 minutos de paseo hasta que el GPS nos ha convencido de que íbamos mal (menos mal que ya teníamos conexión de datos) y nos hemos dado la vuelta. Otros 10 minutos para volver a la estación y otros 10 o 15 para encontrar el hotel. Al final hemos llegado unas dos horas más tarde de lo previsto, así que hemos cenado de lo que llevábamos encima y a ver lo que nos deja dormir el jet-lag…

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Sintoísmo y budismo

Las creencias más antiguas de los japoneses, transmitidas oralmente de generación en generación, dotan de alma o espíritu a todo lo que nos rodea, tanto lo físico (viento, lluvia, montañas) como lo que no lo es (fertilidad, sabiduría, etc). Estos espíritus se denominan kami, y son venerados como dioses. En la mitología japonesa existen miles de kami, algunos benévolos y otros malévolos. Además, cuando las personas fallecen, se convierten también en kami y son venerados por sus familiares. Al ser descendientes de estos espíritus, los japoneses deben vivir en armonía con ellos para que, de ese modo, los protejan. También tendrán que evitar la influencia de los malos espíritus, responsables de las malas acciones de las personas, purificándose constantemente.

Todo este conjunto de creencias y mitología es considerada la religión más antigua de Japón, a pesar de no tener un fundador o textos religiosos (escrituras). Se corresponden con las tradiciones habituales de los pueblos agrícolas, que veneran todo aquello que les proporciona su sustento: la lluvia, el sol, etc. Estas creencias fueron las únicas que existieron en Japón hasta la llegada del budismo durante el siglo VI. A la práctica del budismo se la denominó Butsudo, que significa “el camino del Buda”. Y para distinguir esta nueva religión de las creencias populares, se empezó a denominar Shintō a estas últimas. Este término procede de una palabra china que significa “El camino de los dioses”.

Sin embargo, a medida que el budismo se fue extendiendo por Japón, fue absorbiendo las creencias populares, y los kami acabaron incorporados al budismo como Budas (título honorífico que se concede a aquellos que han alcanzado la iluminación suprema) y los rituales de ambas religiones mezclados. No fue hasta finales del siglo XIX cuando el sintoísmo original fue “redescubierto” y utilizado por el renovado imperialismo que surgió tras la Restauración Meiji. Se convirtió entonces en la religión oficial del estado, con ritos reservados exclusivamente al emperador. Esta situación se mantuvo hasta 1946, donde una nueva constitución, nacida de la ocupación de Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, desposeyó al emperador de su estatus divino y abolió el sintoísmo como religión oficial.

Santuarios

Los lugares de culto del sintoísmo se denominan santuarios (jinja), lugares sagrados, donde pueden habitar uno o más kami. Muchos japoneses tienen santuarios en sus propias casas o establecimientos. Estos santuarios contienen símbolos sagrados que representan al kami. También es muy frecuente tener en casa un altar para honrar a los antepasados. E incluso hay santuarios portátiles, que se sacan en procesión en algunas de las numerosas festividades que existen para honrar y pedir la protección de los kami.

Los santuarios más grandes son recintos que albergan diversos edificios. Muchos de ellos disponen de una puerta torii, que delimita y separa el lugar sagrado del mundo exterior. Es el lugar por el que el kami entra en el santuario, por lo que las personas no deben cruzarla por el centro, sino por los laterales, cerca de las columnas. Suelen ser de color rojo, para ahuyentar a los malos espíritus. Algunos templos tienen varias puertas torii, que marcan el acceso a partes cada vez más sagradas, a medida que nos acercamos al corazón del templo o honden. En el honden, normalmente cerrado al público, se guardan los símbolos del kami, y es el lugar en el que morará el kami cuando se realicen los rituales adecuados para atraerlo al santuario.

La puerta torii es el principal símbolo de un santuario sintoísta y es lo que suele aparecer en los mapas para marcar su ubicación. Sin embargo, también se pueden encontrar a veces en templos budistas, fruto de la mezcla de religiones, aunque éstas suelen ser más pequeñas y se encuentran a la entrada del salón principal.

A ambos lados de la puerta torii o de la entrada al santuario se suelen encontrar dos estatuas guardianes llamados komainu. Habitualmente son leones (para algunos, perros), salvo en los templos dedicados a Inari, donde suelen ser zorros. También es habitual que los santuarios cuenten con un estanque que se cruza mediante un puente, y que sirve también de separación entre el lugar sagrado y el profano. En otros, para demarcar la zona sagrada se suele utilizar una cuerda de la que cuelgan tiras de papel en zigzag (shide) y que recibe el nombre de shimenawa.

Cerca de la entrada se suele situar también la fuente de purificación (temizuya), donde los fieles deben purificarse antes de rezar. El ritual de purificación consiste en lavar primero la mano izquierda, después la derecha y por último la boca (tomando un poco de agua y escupiendola en la base de la fuente, no tragándola). Para rezar hay que tocar la campana o el gong suavemente (para llamar la atención del kami), inclinarse dos veces y dar dos palmadas. Se reza con las palmas de las manos juntas a la altura del pecho y en silencio. El rezo termina con una última inclinación.

En el interior del santuario, además del honden, también puede encontrarse, a veces, una sala de ofrendas o haiden. Es en esta sala donde los sintoístas rezan y hacen sus ofrendas al kami. Algunos santuarios tienen incluso un escenario para realizar representaciones () o danzas (bugaku).

Es habitual que dentro del santuario se vendan diversos objetos que tienen como objetivo proporcionar suerte o evitar desgracias. Son muy típicas unas tablillas de madera llamadas ema en las que se escriben deseos para después dejarlas colgadas en el santuario con la esperanza de que se cumplan. Los omikuji siguen la misma línea. Son unas tiras de papel que predicen la fortuna (buena o mala) y que se suelen atar a un árbol para que se cumpla (o para evitarla, según corresponda).

En los santuarios sintoístas también se celebran con frecuencias bodas. Sin embargo, como la muerte se considera impura, los funerales suelen celebrarse por el rito budista.

Templos

Los templos (tera) son los lugares de culto del budismo. El kanji de la palabra templo también se pronuncia ji, por lo que es muy habitual que los nombres de los templos terminen en -ji o -dera. El budismo en Japón se ha mezclado con el sintoísmo tradicional durante siglos, lo que ha provocado que tanto en templos como en santuarios aparezcan elementos de ambas religiones. En los mapas, para distinguir los templos de los santuarios, los primeros se señalizan con una cruz esvástica levógira (la rama superior apunta a la izquierda) en posición horizontal, para distinguirla de la esvástica nazi, que es dextrógira y se presenta girada 45 grados. La cruz esvástica es un signo ancestral budista que simboliza la eternidad.

La entrada de los templos budistas está marcada por una puerta o sōmon. Esta puerta es la exterior, y suele preceder a una puerta más grande llamada sanmon, típica del budismo zen. Junto a la entrada se sitúan con frecuencia dos estatuas de guardianes Niō, protectores de Buda, de aspecto amenazador, para espantar a los malos espíritus (y a los ladrones). Uno de ellos, Agyō, tiene la boca abierta y simboliza el nacimiento. El otro, Ungyō, tiene la boca cerrada y representa la muerte.

En el interior se encuentran varios edificios, a veces situados en fila y otras rodeando un patio (al estilo de los palacios chinos). Entre estos edificios es habitual que haya una pagoda, de tres o cinco plantas, que es una especie de tumba donde se guardan las reliquias de un buda. Cerca se encuentra el salón principal del templo, un edificio que recibe el nombre de kondō, hondō o butsuden, dependiendo de la época en que se construyera el templo y de la rama del budismo al que pertenezca. Con frecuencia también se incluye un edificio que sirve de sala de estudios para los monjes y que se denomina kodo.

En los templos también suele haber una pequeña fuente, generalmente de piedra, que se utiliza para purificarse antes de la oración. La fuente se llama tsukubai, y el rito de purificación es similar al sintoísta, consistiendo en la limpieza de las manos y la boca. También suele haber un gran pebetero donde se quema incienso. Hay que atraer el humo hasta nuestra cara o cuerpo, aunque los supuestos motivos para hacer esto varían desde “disimular el olor corporal” hasta “proporcionar belleza”.

En los templos budistas japoneses también se venden todo tipo de amuletos y objetos para atraer la suerte, muy similares a los que se pueden encontrar en un santuario sintoísta. También se suelen vender en ambos unos libros con hojas en blanco que sirven para que, previo pago, te pongan el sello del templo o santuario, de forma que puedas demostrar haber estado en él. Los sellos se llaman shuin (“sello rojo”) y los libros shuin-cho.

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El mito japonés de la creación

En el siglo VII, el emperador Tenmu, gobernante de Yamato (antiguo nombre de Japón), ordenó a Hieda no Are que recopilara todos los mitos y leyendas que transmitían de generación a generación los kataribe o narradores oficiales (que eran principalmente mujeres). El libro, Kojiki (“Crónica de los acontecimientos antiguos”), fue publicado más tarde, en 712, por Ono Yasumaro, quien transcribió las recitaciones de Hieda no Are, por mandato de la emperatriz Genmei. El libro está escrito en caracteres chinos, pero usándolos según su fonética para transcribir el texto original en Yamato kotoba (“palabras de Yamato”, antiguo japonés). Es el primer intento de conservar la historia japonesa en japonés, aunque aún tardaría un siglo en aparecer el hiragana, el que se puede considerar el primer sistema de escritura auténticamente japonés.

El Kojiki narra la creación de Japón y la descendencia de los dioses hasta Jinmu, el primer emperador. Después describe el linaje de los emperadores de Japón hasta la época en que fue escrito. De esta manera, el libro pretende demostrar el origen divino del poder del emperador, descendiente directo de los dioses.

La primera isla

Al comienzo de los tiempos, cuando el cielo y la tierra apenas han empezado a desplegarse, surgen tres dioses invisibles en Takamagahara (“Alta planicie celestial”): Ame no Minaka-nushi no kami (“Señor del augusto centro del cielo”), Takamimusubi no kami (“Divinidad de la alta y augusta fuerza activa de la procreación”) y Kamimusubi no kami (“Divinidad de la fuerza activa divina de la procreación”). Después surgen otros cinco dioses invisibles (me voy a ahorrar los nombres) llamados las “Divinidades especiales celestiales”.

A estas divinidades les siguen las “Siete generaciones de la era de los dioses”, que constan de otros dos dioses invisibles e individuales y de cinco parejas mixtas (hombre y mujer) de hermanos. La más joven de estas parejas es la formada por Izanagi no kami (“El que invita”, también conocido como “Deidad sagrada de la calma”) e Izanami no kami (“La que invita” o “Deidad sagrada de las olas”). Y es a esta pareja a la que los dioses ordenan terminar de crear el país que flota, entregándoles la Ama-no-nuboko (“Lanza celestial de joyas”).

La pareja de dioses se sitúa sobre el puente celestial flotante (un puente de nubes) y usa la lanza para remover el magma y hacerlo cuajar. Al sacar la lanza surge agua salada y las gotas que caen de la propia lanza se solidifican y forman la primera isla del mundo: Onogoro. Izanagi e Izanami descienden a la isla y sobre ella construyen la “Columna celestial”, que une el cielo y la tierra. Alrededor de la columna edifican la “Sala de ocho brazas”, es decir, la sala que señala en todas las posibles direcciones.

La pareja decide rodear la columna, cada uno por un lado, intercambiar cumplidos al encontrarse al otro lado y unirse, a modo de ritual matrimonial, con la intención de tener descendencia para poblar el mundo. Y así lo hacen. Al encontrarse, Izanami dice “¡Oh, qué muchacho tan hermoso!”, a lo que Izanagi contesta “¡Oh, qué joven tan hermosa!”.

Sin embargo, los primeros hijos que tienen, Hiruko (“niño-sanguijuela”) y Aha Shima (“la isla burbuja”), nacen deformes y acaban siendo abandonados. Consultan al resto de dioses y el oráculo les confirma que la culpa es de Izanami, por haber hablado primero al encontrarse en la columna. A partir de entonces el primero en hablar es siempre el varón, reafirmando así su superioridad sobre la mujer.

La interminable descendencia

Haciendo las cosas bien nacen las primeras ocho islas, que forman el “Gran país de las ocho islas” (Japón). A partir de ahí empiezan a engendrar todo tipo de divinidades: ríos, árboles, rocas, montañas,… Una de estas divinidades, Kagutsuchi no kami (el dios del fuego), le provoca quemaduras a Izanami al nacer, haciéndola enfermar y morir (no sin antes engendrar unos cuantos dioses a partir de sus vómitos, excrementos, orina, etc). Izanagi decapita a Kagutsuchi, dando lugar a otro montón de dioses más, que surgen de las salpicaduras de sangre y de los miembros cercenados.

Izanami no desaparece, sino que se transforma en un nuevo ser, de aspecto putrefacto, que habita y reina en Yomi no kuni (el “País de las tinieblas”), pasando de ser la diosa que da la vida a encargarse de quitársela a los humanos. Este mundo de los muertos se sitúa en el altiplano, en la falda de una montaña, a medio camino entre la tierra y el mundo de los dioses celestiales, separado de nuestro mundo por una gran roca que coloca allí Izanagi.

Este escaso contacto con la muerte mancilla el cuerpo de Izanagi, que debe purificarse. Del ritual de limpieza nacen un puñado de dioses más. Entre ellos, al limpiar el ojo izquierdo nace Amaterasu, la diosa del sol; del ojo derecho nace Tsukuyomi, el dios de la luna, y de la nariz, Susa no wo, el dios de los océanos (que pasará más tarde a ser el dios de la tormenta). Esta tradición de purificarse con agua se mantiene hasta nuestros días, formando parte del ritual de purificación que se realiza al entrar en los santuarios sintoístas.

Los símbolos imperiales

Estos tres dioses serán los encargados de reinar el mundo, después de que Izanagi haya terminado su tarea. A Amaterasu, que es la principal diosa del panteón, Izanagi le regala un collar de joyas que usa como sonajero y que es uno de los símbolos imperiales de Japón, representando la benevolencia. Susa no wo, sin embargo, es el hermano rebelde, y sus tropelías acaban por asustar a Amaterasu, que se oculta en la “Celestial casa de las rocas”. El resto de los dioses la hacen salir provocando su curiosidad por una danza “un tanto especial” que ejecuta Ame no Uzume y engañándola con un espejo colgado en un árbol, en el que se refleja su propia luz, de modo que crea que se trata de un árbol mágico. Mientras está distraída, cierran el acceso a la cueva para que no pueda volver a entrar. El espejo de la leyenda es otro de los emblemas del trono japonés. Representa la sabiduría.

Susa no wo es desterrado y emprende su viaje hacia Ne no kumi (“el País de las raíces”, Izumo, donde Izanagi enterró a Izanami). Por el camino ayuda a una familia derrotando, con su ingenio (y mucho sake), a una serpiente monstruosa, con ocho cabezas y ocho colas, llamada Yamata no Orochi. Al cortar la última de sus colas aparece la espada kusanagi, la cual entrega a su hermana Amaterasu. Esta espada es la tercera insignia imperial de Japón, y representa el valor.

La leyenda de estos tres objetos llega hasta nuestros días, ya que muchos aseguran que los objetos originales permanecen escondidos en lugares secretos, de los que tan sólo son extraídos para utilizarlos en la ceremonia de coronación de un nuevo emperador. La ceremonia se realiza en privado y tan sólo el emperador y los sacerdotes que las custodian pueden ver las reliquias, por lo que no hay ni dibujos ni fotografías. Popularmente, incluso se conoce la supuesta ubicación “secreta” de cada una de ellas: la joya (o collar) en el palacio imperial de Tokio, el espejo en el santuario dedicado a Amaterasu en Ise, y la espada en el templo Atsuta en Nagoya.

La herencia divina del imperialismo

El Kojiki continúa contando la historia de los descendientes de Susa no wo y sus constantes luchas con los descendientes de Amaterasu por hacerse con el dominio del “País central de la planicie de juncos”. Es el nieto de Amaterasu, Ninigi, el que acaba convirtiéndose en rey, pero sus descendientes seguirán envueltos en luchas por el poder. El nieto de Ninigi, Kamu-Yamato Ihare-biko, que hereda el collar de joyas de Amaterasu, termina convirtiéndose en el primer emperador de Japón, renombrado póstumamente como Emperador Jinmu. De él descienden, generación tras generación, todos los emperadores de Japón.

O eso dice el libro, claro.

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Breve historia de Japón

Japón (en japonés, 日本, Nippon o Nihon) es un archipiélago formado por casi 7000 islas, isla arriba isla abajo, siendo la mayor de todas ellas Honshu, en la que pasaremos la mayor parte de nuestra estancia. Además de Honshu, las otras tres islas con mayor relevancia son Hokkaido, Shikoku y Kyushu.

Los comienzos

Aunque hay evidencias de presencia humana en Japón desde el paleolítico superior, apenas hay historia escrita hasta el siglo VII. Esto se debe, principalmente, a que en Japón no existía la escritura hasta que fue introducida por los monjes budistas chinos entre los siglos IV y VI. Hubo una cultura posterior, conocida como Yayoi, que destaca sobre todo por iniciar el cultivo del arroz. No tenían un gobierno centralizado. En su lugar, diversas sociedades gobernaban cada una su propio territorio. Pero, con el tiempo, una de ellas, la Yamato fue expandiéndose por el archipiélago, imponiendo un sistema de gobierno centralizado dirigido desde la provincia Yamato (la actual prefectura Nara), con la excusa de su supuestos orígenes divinos.

Los gobernantes fueron adoptando poco a poco las costumbres chinas y acabaron trasladando la capital de Heijō-kyō (Nara) a Heian-kyō (llamada en la actualidad Kioto), donde permaneció hasta el siglo XIX. Alrededor de los diversos emperadores fue surgiendo una poderosa aristocracia, que era quien realmente gobernaba. Con el tiempo, el control sobre las provincias se fue debilitando y los nobles necesitaban una fuerza militar cada vez mayor para seguir manteniendo el poder. Fue en esta época cuando aparecieron los samurais, nombre que se dio primero a los sirvientes de la nobleza y que con el tiempo se fue asociando a líderes militares.

Los shogunatos

Poco a poco, los militares fueron adquiriendo más poder y acabaron desplazando a la nobleza, convirtiéndose ellos mismos en la nueva aristocracia. Durante varios siglos se fueron sucediendo diversos linajes de guerreros en el poder, con constantes guerras entre ellos (sobre todo entre los Taira y los Minamoto). Hasta que en 1192, Minamoto no Yoritomo se hizo con el control de todo el país, estableciendo un gobierno militar en Kamakura y autoproclamándose shogun (abreviatura de Seii Taishogun, título que se daba al líder de los samuráis y que significa “gran general apaciguador de los bárbaros”). Aunque la figura de emperador no desapareció, quedó totalmente desprovisto del escaso poder que aún conservaba, aunque siguiera siendo considerado el legítimo gobernante.

Este régimen, llamado bakufu (literalmente, gobierno desde la maku o tienda de campaña), perduró durante 700 años, durante los cuales varios grandes clanes de guerreros se sucedieron en el poder, pudiendo distinguirse tres grandes shogunatos: Kamakura, Ashikaga y Tokugawa. No fue precisamente una época de estabilidad. Cuando no le declaraban la guerra al shogún miembros de clanes rivales, lo hacían los de su propio clan, se le revelaban sus propios vasallos o alguno de sus generales le traicionaba.

Durante el segundo shogunato, Ashikaga o periodo Muromachi (por la zona de Kioto donde el shogún estableció su residencia), los señores feudales (daimyo) empezaron a concentrar buena parte del poder, lo que derivó en una guerra civil. El tercer shogunato, Tokugawa o periodo Edo (nombre de la capital del shogunato, actualmente Tokio), acabó con esa situación unificando todo el país mediante alianzas administrativas con los feudos, otorgando poder a clanes vasallos que les apoyaban y quitándoselo a los problemáticos, pero manteniendo siempre el control político y económico sobre ellos.

Durante este shogunato se creó un sistema de castas que se acabó asimilando en todo Japón: los samuráis eran la clase alta, seguidos de los nobles y cortesanos primero y las clases religiosas después, quedando todos los demás por debajo. Al mismo tiempo se impuso un aislamiento del resto del mundo (llamado sakoku o “cierre del país”), expulsando a los extranjeros e impidiendo la entrada de viajeros (incluso la de japoneses que hubieran emigrado).

La Restauración Meiji

El declive del shogunato de Tokugawa comenzaría en julio de 1853, cuando varios buques de guerra estadounidenses llegaron a las costas de Japón exigiendo que les dejaran entrar en sus puertos, bajo amenaza de iniciar acciones militares. Por miedo a tener que enfrentarse a la superioridad tecnológica de Estados Unidos, el shogunato cedió a sus peticiones, lo que fue visto como un signo de debilidad.

Fueron los propios aristócratas los que se rebelaron, presionando al emperador Meiji para que, en 1867, dictara la orden de disolver el shogunato. El shogún no se rinde sin más, pero, tras unas cuantas batallas, el ejército imperial, modernizado gracias a la ayuda extranjera, acaba con todo su poder. A este proceso se le llamó la Restauración Meiji.

La era Meiji supuso la modernización de Japón y su ascenso a potencia mundial. La ciudad de Edo cambió su nombre por el de Tokio (capital del este) y se convirtió en la capital de facto de Japón al trasladarse allí la residencia del emperador. Sin embargo, aunque sí se redactó un edicto cuando la capital se trasladó a Heian-kyō (en el año 794), parece ser que no se hizo lo mismo al trasladar la capital a Tokio, por lo que muchos aún consideran que, oficialmente, la capital de Japón sigue siendo Kioto.

El Imperio de Japón

La industrialización y la modernización llegó hasta el nombre del país, que pasó a denominarse Imperio de Japón. Los japoneses iniciaron entonces una etapa expansionista que les llevó a luchar primero contra China y después contra Rusia por el control de Corea y la región de Manchuria (que, por cierto, consiguieron).

Afianzados como potencia mundial y animados por sus recientes victorias, Japón se metió por voluntad propia en las dos Guerras Mundiales, siempre con el objetivo principal de conquistar China, con la que también mantuvo una guerra particular entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Durante todos estos conflictos, las relaciones con Estados Unidos fueron… tensas, bastante tensas. Situación a la que no ayudó que Japón firmara un pacto tripartito con la Alemania nazi e Italia (lo que se conocería como el Eje).

La situación llegó al límite cuando Japón atacó Pearl Harbor (el 7 de diciembre de 1941) y luego invadió buena parte de las islas del Pacífico, incluyendo Filipinas y Hong Kong. A los japoneses les fue relativamente bien durante unos meses, llegando a conquistar Birmania, Tailandia, Malasia… Pero después de una larga campaña naval en el Pacífico, Japón perdió Okinawa y tuvo que abandonar sus recientes conquistas. Las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki forzaron la rendición definitiva de Japón.

Después de la bomba

La ocupación estadounidense se encargó de desmantelar el ejército y de quitarle el poder al emperador, creando la figura de un primer ministro elegido por un parlamento. En 1952, Japón recupera su soberanía e inicia su recuperación económica, sorprendentemente rápida, poniéndose en poco tiempo a la par con occidente y destacando por su alta tecnología.

En la década de los 90, el país sufre una recesión económica, agravada por el descenso de la natalidad y el envejecimiento de la población. La recuperación, después de la década perdida, ha sido bastante más lenta. Y el tsunami de 2011, junto con el desastre de Fukushima no han ayudado demasiado.

 

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