El mito japonés de la creación

En el siglo VII, el emperador Tenmu, gobernante de Yamato (antiguo nombre de Japón), ordenó a Hieda no Are que recopilara todos los mitos y leyendas que transmitían de generación a generación los kataribe o narradores oficiales (que eran principalmente mujeres). El libro, Kojiki (“Crónica de los acontecimientos antiguos”), fue publicado más tarde, en 712, por Ono Yasumaro, quien transcribió las recitaciones de Hieda no Are, por mandato de la emperatriz Genmei. El libro está escrito en caracteres chinos, pero usándolos según su fonética para transcribir el texto original en Yamato kotoba (“palabras de Yamato”, antiguo japonés). Es el primer intento de conservar la historia japonesa en japonés, aunque aún tardaría un siglo en aparecer el hiragana, el que se puede considerar el primer sistema de escritura auténticamente japonés.

El Kojiki narra la creación de Japón y la descendencia de los dioses hasta Jinmu, el primer emperador. Después describe el linaje de los emperadores de Japón hasta la época en que fue escrito. De esta manera, el libro pretende demostrar el origen divino del poder del emperador, descendiente directo de los dioses.

La primera isla

Al comienzo de los tiempos, cuando el cielo y la tierra apenas han empezado a desplegarse, surgen tres dioses invisibles en Takamagahara (“Alta planicie celestial”): Ame no Minaka-nushi no kami (“Señor del augusto centro del cielo”), Takamimusubi no kami (“Divinidad de la alta y augusta fuerza activa de la procreación”) y Kamimusubi no kami (“Divinidad de la fuerza activa divina de la procreación”). Después surgen otros cinco dioses invisibles (me voy a ahorrar los nombres) llamados las “Divinidades especiales celestiales”.

A estas divinidades les siguen las “Siete generaciones de la era de los dioses”, que constan de otros dos dioses invisibles e individuales y de cinco parejas mixtas (hombre y mujer) de hermanos. La más joven de estas parejas es la formada por Izanagi no kami (“El que invita”, también conocido como “Deidad sagrada de la calma”) e Izanami no kami (“La que invita” o “Deidad sagrada de las olas”). Y es a esta pareja a la que los dioses ordenan terminar de crear el país que flota, entregándoles la Ama-no-nuboko (“Lanza celestial de joyas”).

La pareja de dioses se sitúa sobre el puente celestial flotante (un puente de nubes) y usa la lanza para remover el magma y hacerlo cuajar. Al sacar la lanza surge agua salada y las gotas que caen de la propia lanza se solidifican y forman la primera isla del mundo: Onogoro. Izanagi e Izanami descienden a la isla y sobre ella construyen la “Columna celestial”, que une el cielo y la tierra. Alrededor de la columna edifican la “Sala de ocho brazas”, es decir, la sala que señala en todas las posibles direcciones.

La pareja decide rodear la columna, cada uno por un lado, intercambiar cumplidos al encontrarse al otro lado y unirse, a modo de ritual matrimonial, con la intención de tener descendencia para poblar el mundo. Y así lo hacen. Al encontrarse, Izanami dice “¡Oh, qué muchacho tan hermoso!”, a lo que Izanagi contesta “¡Oh, qué joven tan hermosa!”.

Sin embargo, los primeros hijos que tienen, Hiruko (“niño-sanguijuela”) y Aha Shima (“la isla burbuja”), nacen deformes y acaban siendo abandonados. Consultan al resto de dioses y el oráculo les confirma que la culpa es de Izanami, por haber hablado primero al encontrarse en la columna. A partir de entonces el primero en hablar es siempre el varón, reafirmando así su superioridad sobre la mujer.

La interminable descendencia

Haciendo las cosas bien nacen las primeras ocho islas, que forman el “Gran país de las ocho islas” (Japón). A partir de ahí empiezan a engendrar todo tipo de divinidades: ríos, árboles, rocas, montañas,… Una de estas divinidades, Kagutsuchi no kami (el dios del fuego), le provoca quemaduras a Izanami al nacer, haciéndola enfermar y morir (no sin antes engendrar unos cuantos dioses a partir de sus vómitos, excrementos, orina, etc). Izanagi decapita a Kagutsuchi, dando lugar a otro montón de dioses más, que surgen de las salpicaduras de sangre y de los miembros cercenados.

Izanami no desaparece, sino que se transforma en un nuevo ser, de aspecto putrefacto, que habita y reina en Yomi no kuni (el “País de las tinieblas”), pasando de ser la diosa que da la vida a encargarse de quitársela a los humanos. Este mundo de los muertos se sitúa en el altiplano, en la falda de una montaña, a medio camino entre la tierra y el mundo de los dioses celestiales, separado de nuestro mundo por una gran roca que coloca allí Izanagi.

Este escaso contacto con la muerte mancilla el cuerpo de Izanagi, que debe purificarse. Del ritual de limpieza nacen un puñado de dioses más. Entre ellos, al limpiar el ojo izquierdo nace Amaterasu, la diosa del sol; del ojo derecho nace Tsukuyomi, el dios de la luna, y de la nariz, Susa no wo, el dios de los océanos (que pasará más tarde a ser el dios de la tormenta). Esta tradición de purificarse con agua se mantiene hasta nuestros días, formando parte del ritual de purificación que se realiza al entrar en los santuarios sintoístas.

Los símbolos imperiales

Estos tres dioses serán los encargados de reinar el mundo, después de que Izanagi haya terminado su tarea. A Amaterasu, que es la principal diosa del panteón, Izanagi le regala un collar de joyas que usa como sonajero y que es uno de los símbolos imperiales de Japón, representando la benevolencia. Susa no wo, sin embargo, es el hermano rebelde, y sus tropelías acaban por asustar a Amaterasu, que se oculta en la “Celestial casa de las rocas”. El resto de los dioses la hacen salir provocando su curiosidad por una danza “un tanto especial” que ejecuta Ame no Uzume y engañándola con un espejo colgado en un árbol, en el que se refleja su propia luz, de modo que crea que se trata de un árbol mágico. Mientras está distraída, cierran el acceso a la cueva para que no pueda volver a entrar. El espejo de la leyenda es otro de los emblemas del trono japonés. Representa la sabiduría.

Susa no wo es desterrado y emprende su viaje hacia Ne no kumi (“el País de las raíces”, Izumo, donde Izanagi enterró a Izanami). Por el camino ayuda a una familia derrotando, con su ingenio (y mucho sake), a una serpiente monstruosa, con ocho cabezas y ocho colas, llamada Yamata no Orochi. Al cortar la última de sus colas aparece la espada kusanagi, la cual entrega a su hermana Amaterasu. Esta espada es la tercera insignia imperial de Japón, y representa el valor.

La leyenda de estos tres objetos llega hasta nuestros días, ya que muchos aseguran que los objetos originales permanecen escondidos en lugares secretos, de los que tan sólo son extraídos para utilizarlos en la ceremonia de coronación de un nuevo emperador. La ceremonia se realiza en privado y tan sólo el emperador y los sacerdotes que las custodian pueden ver las reliquias, por lo que no hay ni dibujos ni fotografías. Popularmente, incluso se conoce la supuesta ubicación “secreta” de cada una de ellas: la joya (o collar) en el palacio imperial de Tokio, el espejo en el santuario dedicado a Amaterasu en Ise, y la espada en el templo Atsuta en Nagoya.

La herencia divina del imperialismo

El Kojiki continúa contando la historia de los descendientes de Susa no wo y sus constantes luchas con los descendientes de Amaterasu por hacerse con el dominio del “País central de la planicie de juncos”. Es el nieto de Amaterasu, Ninigi, el que acaba convirtiéndose en rey, pero sus descendientes seguirán envueltos en luchas por el poder. El nieto de Ninigi, Kamu-Yamato Ihare-biko, que hereda el collar de joyas de Amaterasu, termina convirtiéndose en el primer emperador de Japón, renombrado póstumamente como Emperador Jinmu. De él descienden, generación tras generación, todos los emperadores de Japón.

O eso dice el libro, claro.

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